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domingo, 26 de febrero de 2012

Robiñera (3.003m). Mirador solitario y salvaje.

Robiñera (3.003m), Pirineo Aragonés, España. 12 y 13 de septiembre de 2011.


Ahora sí, mis vacaciones tornan a su fin. En pocos días estaré a cientos de kilómetros del Pirineo, pero antes quiero disfrutar al máximo de este entorno maravilloso. Es una buena oportunidad para compartir unos días de montaña con mis amigos pirineístas, Gorka y Pablo, que tienen la amabilidad de dejarme planificar nuestra salida. Mi elección no es otra que el sector oriental del valle de Pineta, concretamente el Pico Robiñera.

El Robiñera es una enorme mole aislada cuyo punto culminante rebasa por muy poco los tres mil metros y que se encuentra en el Pirineo Axial, concretamente pertenece al sector de La Munia. Nuestra ascensión se desarrolla por la ruta normal S, desde la fuente de Petramula, aunque nuestro punto de inicio es el Camping de Pineta. Es una vía larga, fácil, que discurre por sendero y terreno descompuesto en la parte final de la ascensión. 

Con muchas ganas de explorar esta zona aislada y salvaje del Pirineo, Gorka, Pablo y yo nos ponemos hacia el siempre espectacular valle de Pineta.


RUTA

Dejamos el coche en el camping de Pineta (1.250m) y remontamos la carretera que conduce al Parador de Monte Perdido (1.300m) hacia el N. En este punto sale un camino bien señalizado hacia el N, cerca de una fuente. Recorremos la senda hacia los llanos de Lalarri (1.500m)y una vez a la altura del refugio del mismo nombre, giramos hacia el NE, por una senda evidente (GR.11) que remonta, zigzagueante, hacia las laderas de la Estiva. Seguimos el sendero de Gran Recorrido 11, hacia el E-SE, hasta la fuente de Petramula (1.960m), donde pernoctamos. Al día siguiente, remontamos, por senda evidente, el barranco del Clot de los Gabachos, hasta la base del Robiñera, cerca del Collado de las Puertas (2.533m), donde continuamos por trazas de senda hacia la enorme cara S del Robiñera. Aquí, por trazas de senda y terreno descompuesto, salvamos varios cientos de metros de desnivel antes de encaramarnos a la arista SE, que se recorre fácilmente y sin pérdida hasta la cumbre del Robiñera (3.003m). El descenso hasta el Collado de las Puertas se hace por el mismo itinerario de subida. Desde este punto, bordeamos por el SO los Ibones de la Munia y continuamos hacia el O nuestra ruta por senda, a veces difusa, hacia la Feixa Castiecho, donde descenderemos cuidadosamente por un camino aéreo y zigzagueante que nos dejará en  los llanos de Lalarri, desde donde descenderemos por el mismo camino de subida hasta el aparcamiento del camping de Pineta.


DESNIVEL POSITIVO

Día 1: 900 metros; Día 2: 1.100 metros.


TIEMPO

Magníficas jornadas soleadas, con temperaturas acordes a la época del año y la altitud. Pineta: 25°C; Petramula: 8°C (por la noche); Robiñera 15°C. Viento prácticamente nulo.


CROQUIS


Día 1: Camping de Pineta - La Estiva - Fuente de Petramula

Día 2: Fuente de Petramula - Robiñera - Feixa Castiecho - Camping de Pineta


DURACIÓN

Día 1: Pineta - Estiva (2h) - Petramula (4h); Día 2: Petramula- Collado de las Puertas (1h45) - Robiñera (3h30) - Ibones de la Munia (5h) - Feixa Castiecho (6h) - Llanos de Lalarri (6h45) - Pineta (8h15) . Muchas pausas cortas para beber y sacar fotos, y una larga para comer.



DIFICULTAD
 

Ascensión sin dificultad técnica, pero bastante larga. La mayor parte del recorrido se hace por senda o pista sin ninguna dificultad, aunque en la ascensión de la cara S del Robiñera la senda se vuelve más difusa y el terreno, más inestable y descompuesto. La parte final del recorrido es una amplia arista, que se recorre fácilmente. Cabe recordar que es un pico de más de tres mil metros, con la dificultad propia de la altitud, y recomendar su ascensión en dos jornadas si se acomete desde el valle de Pineta.


DESCRIPCIÓN


Era una cálida mañana de lunes en Pamplona, algo totalmente inusual como punto de inicio de una aventura pirenaica, cuando me reuní con mis compañeros de cordada Gorka y Pablo. Nada más lejos de la realidad, lo inusual, últimamente, era juntarnos más de dos personas para salir a la montaña a practicar una actividad que nos llena a todos, a cada uno a su manera. Yo estaba contento, como sé que ellos lo estaban, y había planificado bien las próximas 48 horas, puesto que es mi costumbre y, además, en esta ocasión, también mi responsabilidad exclusiva.

Comprobamos los macutos verbalmente, en un ejercicio rutinario que había dejado de ser riguroso tiempo atrás, y enseguida nuestras mentes se pusieron a trabajar, trazando bellas rutas, pintando paisajes de ensueño y respirando esa mezcla de calma absoluta y tensión extrema que configuran la experiencia pirenaica y, por extensión, alpinística, ideal. Navegamos por un instante en este océano onírico. Pronto volvimos a asuntos más mundanos, más humanos.

Como de costumbre, el viaje desde nuestra ciudad hasta nuestro punto de destino fue entretenido. Teníamos muchas cosas que contarnos, novedades, aunque también rememoramos viejas historias, para seguir alimentando, quizá inconscientemente, el imaginario de un tiempo pasado de aventuras y desventuras juntos. En la ciudad y en la montaña.

Bien entrada la tarde, llegamos al valle de Pineta, un entorno único cuya orografía, gama de colores y aspecto indómito provocan en el visitante una impresión inolvidable. No por nada este valle supone una parte imprescindible del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, quizá una de las más impresionantes.
La aparente humanización del entorno natural, concretamente debido a la presencia de un camping bastante grande y del Parador de Monte Perdido, no han conseguido arrebatarle al valle esa imagen salvaje que proyecta cada rincón de Pineta.

Precisamente, el aparcamiento del camping (1.250m) es nuestro punto de partida. En poco minutos nos preparamos y salimos, bajo un sol de justicia, en dirección a la carretera del parador. Nos paramos en un fuente (1.300m), a mano derecha, justo en la entrada al recinto hostelero. Por aquí pasa el GR.11, cuyo trazado es ahora nuestra sinuosa y empinada ruta que atraviesa un bosque antes de devolvernos a la luz en los llanos de Lalarri (1.500m). Observamos el paisaje, especialmente el circo de Pineta, e identificamos formaciones geológicas y especies naturales con la ayuda de una tabla explicativa que encontramos a un lado del camino. Nos paramos a menudo, el entorno es magnífico, y la tarde, plácida.

Proseguimos por el sendero rojiblanco hacia los pastos de la Estiva, a dos mil metros, que dominan la vertiente este de Pineta. En el camino coincidimos un breve instante con un montañero francés, occitano para más señas, que recorre el Pirineo por el GR.11 con su perro. Estaban sufriendo con el calor, el polvo, la pendiente. El uno y el otro, así que nuestro primer impulso, al llegar a su altura, pues nos precedían en la ruta, fue ofrecerles un refrigerio. Parece que estaban bien, pues no quisieron utilizar nuestras provisiones. Imaginé que, desde que emprendieran su ruta en Hendaya, habían adquirido una resistencia y un conocimiento de sus límites considerables. Esta sospecha quedó confirmada cuando el buen occitano me contó, entre bocanada y bocanada de aire seco y polvoriento, cómo había atravesado Córcega un año antes por el GR.20. Sea como fuere, le indiqué la presencia de una fuente de agua no muy lejos del punto en que nos encontrábamos, donde él y su can podrían recargar sus cantimploras y ofrecerse un descanso antes de plantar la tienda de campaña.

Nosotros también nos paramos en la Estiva (2.000m), donde el agua brota en unos abrevaderos muy limpios y discretos, para descansar. Nos despedimos de nuestros efímeros compañeros deseándoles buena suerte en su aventura transpirenaica. Y en ése preciso instante, quizá por el efecto alucinógeno de las aguas de la Estiva o quién sabe por qué disparatada razón, nuestras mentes se nublaron y nuestro agudo sentido de la orientación se desvaneció. En un instante. Disparates y más disparates, vueltas hacia arriba y hacia abajo, hasta que entramos en razón y continuamos por el sendero de gran recorrido que debía llevarnos a Petramula, aunque nuestro objetivo inicial fuese dormir cerca de los ibones de La Munia.

Anochecía lentamente, como ocurre en verano, y eso nos dejaba un par de horas más de luz para llegar a nuestro destino sin complicaciones. Por suerte nuestros macutos no eran tan descomunales como en otras ocasiones, a pesar de llevar tienda, saco, comida, gas, ropa, etc. Con las últimas luces del día nos adentramos en el rincón de la fuente de Petramula, donde nos esperaba un rebaño de caballos y algunas vacas, en cuyo territorio -me refiero al pasto-, plantamos nuestras tiendas de campaña. Cerca de unas rocas nos congregamos poco después, con nuestras provisiones liofilizadas, tenedores de titanio, hornillo ultraligero, bebida isotónica y demás. Claro, los que habíamos traído algo. Menos mal que hombre precavido vale por dos y, aunque mis sospechas sobre la ligereza de la mochila de Pablo se vieran confirmadas por la ausencia de provisiones de éste, todos comimos suficiente gracias a que Gorka y un servidor nos habíamos "excedido" en nuestros cálculos.

Esa tarde me había recordado dos cosas: Primero, que la falta de costumbre y el exceso de confianza, también en lo que se refiere a la preparación de una mochila, pueden jugarte una mala pasada; Segundo, que aunque estés acostumbrado a hacer algo, puedes fallar si no eres cuidadoso y pones toda tu atención, como se vio en nuestro despiste con el mapa. Son detalles que no tienen mayor importancia a dos mil metros, pero que pueden resultar cruciales en circunstancias o entornos menos favorables. Con todo, tuvimos una cena agradable y una noche plácida.

Al día siguiente, amanecimos temprano. A las ocho estábamos en ruta, después de haber recogido todo nuestro material y de ver, sorprendidos como un coche remontaba la pista de Petramula a toda velocidad. Eran dos montañeros tarraconenses que compartían objetivo con nosotros y con quienes coincidiríamos en cumbre unas horas más tarde.

Nuestra vía de ascenso discurre entre el barranco de Petramula y el barranco del Clot de los Gabachos. El primero es muy cortito, bello, y rematado por una cascada alimentada por el líquido elemento que brota del interior de la roca. El segundo, más impresionante y profundo, se descubre tras haber avanzado considerablemente hacia los Ibones de la Munia, cuyas filtraciones subterráneas están en su origen. En poco más de una hora nos encontramos en las cercanías del Collado de las Puertas (2.533m), que evitamos por el S, cruzando directamente por un sendero evidente hacia el E-NE que nos deja en la amplísima cara S del Robiñera. La magnitud de esta pared es impresionante, como lo habíamos observado desde el lugar de nuestro vivac, cuando los últimos rayos del sol de septiembre se reflejaban en su descompuesta superficie.

Efectivamente, por terreno descompuesto, pero fácil, avanzamos siguiendo trazas de senda e hitos dispersos, sobre todo en la parte baja de la pared. Haciendo zetas e intentando no tragar demasiado polvo, que inevitablemente levantamos, unos y otros, a nuestro paso, progresamos por esta cara masiva, en busca de la arista SE. Una vez ganada ésta, nos encaramamos a ella usando ocasionalmente las manos, hasta llegar a la arista somital, cuya amplia base recorremos tranquilamente hasta la cumbre del Robiñera (3.003m). Las vistas son increíbles, en todas direcciones: Al N, La Munia, que con sus hermanos menores, conforman el Circo de Troumouse; al O los Ibones de La Munia, así como, en segundo plano, el macizo de Monte Perdido, las Tres Sorores y los Astazous; al S, la bella arista que acabamos de recorrer; y al E, en primer término, el glaciar de Robiñera y, en la lejanía, el macizo del Posets y del Perdiguero. Ser una montaña aislada, pero en una situación privilegiada, la convierte en un magnífico mirador del Pirineo Central.

Como no podía ser de otra forma, en la cima nos congratulamos, saludamos a los otros dos montañeros que allí se encontraban y hacemos una parada larga para comer. Pan de pipas -gran descubrimiento de la mano de Gorka-, frutos secos, bocadillo, alguna lata de sardinas, queso, jamón, barritas energéticas y la imprescindible hidratación. Mi ascensión relámpago con mi hermano al Posets de la semana anterior, casualmente también un martes, me había puesto a tono para más montaña y eso revirtió en la ascensión al Robiñera, en la que me encontré especialmente bien. Tras las fotos de rigor, y verificar otras posibles vías de descenso que salían reseñadas en algunos mapas que había consultado para preparar la ascensión -sin resultado, eso sí-, emprendimos el descenso por el mismo itinerario de subida hasta el Collado de las Puertas. Franqueado este punto, llegamos a orillas del gran ibón de La Munia, el meridional, donde paramos a sacar más fotos y a contemplar el magnífico espectáculo que ofrece el Circo de La Munia, al E.

Bordeamos el ibón por el S-SO del mismo y tomamos la senda que desciende hacia la Feixa Castiecho, enorme pared que cierra por el N la amplia explanada de los llanos de Lalarri. Bajamos por campas de hierba hasta el inicio de la Feixa. La ruta que seguimos ahora es impresionante, aérea, predominantemente rocosa, con zonas de hierba que añaden un punto de suspense a un descenso que ha de acometerse con cuidado. Un despiste puede suponer acabar 300 metros más abajo.

Con tiento salvamos el desnivel que nos separa de los llanos de Lalarri, lugar en el que finalmente la relajación y la realización se instalan en nuestras mentes para quedarse. Aún nos quedaba la divertida bajada por el bosque, que hicimos corriendo, hasta el parador. Allí tuve la ocasión de hablar con una familia francesa, una pareja de jubilados y su hijo, que venían todos los años a esta zona del Pirineo aragonés buscando, quizá, sus raíces, el recuerdo de la madre de esta señora septuagenaria que había huido embarazada a través de las montañas, junto a algunos de sus hermanos, durante la Guerra Civil Española, dejando para siempre su pueblo, San Martín de la Solana, y emigrando al país vecino. Una historia apasionante cuyo relato me dejó prendado, tal era la fuerza y el sentimiento del discurso narrativo de esta mujer cuya destino se forjó en aquella fantástica travesía.

Sin palabras, emocionado, regresé al camping. Allí estaban mis compañeros, cambiados. El tiempo había pasado lentamente mientras escuchaba atentamente, inmerso en un mar de emociones. En el momento de despedirse del valle, una última mirada, perdida, dibujó sus montañas, convertidas en testigos silenciosos de las más conmovedoras y emocionantes historias de los hombres.

Salud y Montaña


Reportaje fotográfico: Javier Rodríguez / Gorka Sanz



Parador de Monte Perdido.

Circo de Pineta.

La Estiva.

Abrevadero pirenaico.

Pablo observa el valle.

Camino de Petramula.

Robiñera arde.

Amanecer.

Comodoto y Fuente de Petramula.

Collado de las Puertas (2.533m).

Gorka y yo.

Arista SE del Robiñera.
Arista somital del Robiñera desde la cima.

Monte Perdido, Cilindro y Marboré.
La Munia.

Cima del Robiñera (3.003m).

Descenso por la enorme cara S del Robiñera.

Ibón inferior de La Munia.

Los tres mosqueteros.

Llanos de Lalarri.

Sombra solitaria.


PS: Los comentarios son fuente de motivación para la existencia de un blog. Si algo te gusta (o si no) coméntalo para que en el futuro siga habiendo nuevas entradas. Gracias.

jueves, 18 de febrero de 2010

Moncayo (2.316m) por el Corredor Central de Morca (PD+, 45º-55º).



Sistema Ibérico, Sierra del Moncayo, Zaragoza, España. 24 de febrero de 2010.

El del 23 y 24 de enero fue un fin de semana muy productivo. El sábado nos acercamos al Pirineo navarro para realizar una interesante ascensión al macizo Keleta-LaKartxela con mi amigo Aitor. El domingo, en previsión de nevadas en el Pirineo, cambiamos de cordillera para atacar el Moncayo por corredor y acometer una bella y gélida travesía. La ruta elegida: El corredor central del Circo de Morca, con una variante de 55º aproximadamente en la parte final.

El Moncayo, rodeado de planicie, destaca en el horizonte como una montaña alta y aislada. Frontera de los territorios navarro, aragonés y castellano, los romanos la bautizaron como "Mons Caunus", la montaña blanca, por las nieves que lo cubrían durante buena parte del año. El macizo del Moncayo cuenta con tres circos glaciares, San Miguel, San Gaudioso y Morca. Éstos, junto a los bellos bosques que pueblan sus laderas, conforman el Parque Natural de la Dehesa del Moncayo.

En compañía de mis amigos Gorka, Pablo y Luis, emprendemos la ascensión por el Circo de Morca, por el corredor central, tomando un pequeño corredor mixto empinado (55º) para finalizar la escalada. La travesía en el cordal bajo la ventisca de nieve y el descenso por el Circo de San Miguel son parte de esta historia. El Moncayo es siempre una buena actividad.


ASCENSIÓN

Nuestro punto de partida se sitúa en el Albergue del Santuario de la Virgen del Moncayo, a unos 1.621m de altitud. Tomamos el camino, en dirección S, que apenas gana altura y recorre las laderas adyacentes a los circos glaciares. Seguimos la senda hasta la altura del Circo de Morca, entonces, nos desviamos hacia el O, para alcanzar la base de dicho circo. Allí, emprendemos la ascensión del corredor central (especificado en las fotos) de unos 40º-45º, para terminar la escalada con una pequeña "goulotte" mixta de 55º, muy asequible. Una vez en el cordal, con el abismo a nuestra derecha (E) continuamos hacia el N, buscando la cima del Morca, primero, y del Moncayo. Cuando hemos llegado a la cima del Moncayo es preciso encontrar la ruta de descenso, que en nuestro caso es por la Hoya de San Miguel. Tanteando su parte central, encontramos que el descenso se puede hacer en buenas condiciones hasta la base del circo y, desde ahí, hasta el punto de inicio.


DESNIVEL POSITIVO

750m


TIEMPO

Nubes y claros a la salida del Albergue, que se convirtieron en niebla y ventisca de nieve durante el ascenso, travesía y descenso. Sensación térmica entre 0º y -15ºC.


CROQUIS



DURACIÓN

Albergue-Base del Circo de Morca (40 min)-Cordal(1h30)-Morca(2h15)-Moncayo(3h)-Base del Circo de San Miguel(3h50)- Albergue(4h40). Paradas para ponerse los crampones, quitárselos y abrigarse.


DIFICULTAD

Recorrido que, en cuanto a dificultad técnica, califico de PD+. Corredor de Morca, tiene 45º máximo, pero la "goulotte" final que elegimos tiene unos 55º. El descenso también tiene entre 45º y 50º en su parte más vertical. El principal problema de esta ruta es la meteorología, si sale un día con niebla densa como el que tuvimos necesitais buenas dotes de orientación, además de templanza y conocimiento del terreno. Sobra decir mapa y brújula y, el que tenga, GPS.


DESCRIPCIÓN

Son las 7 de la mañana y, por fin, vamos a poder salir a la montaña toda la cuadrilla montañera junta. Lástima que Aitor nos falle en el último momento. No obstante, Pablo, Gorka y yo tenemos mucha ilusión y un amigo de Pablo, Luis, se ha animado a venir con nosotros. Como el Pirineo pinta gris, o más bien blanco, nos decidimos por el Moncayo, viejo conocido que ofrece desde bellos paseos a escaladas más comprometidas.

Salimos de Pamplona con unas ganas increíbles de camino al albergue del Santuario de la Virgen del Moncayo, aunque la nieve en el tramo final de la pista nos desaconseja llegar hasta sus puertas. Dejamos el coche, pues, en el aparcamiento anterior, a unos 700m del edificio. Preparamos, entre bromas mañaneras y el buen rollo de costumbre, nuestros macutos y nos vestimos para la ocasión. El plan ya lo habíamos hablado durante el viaje: Vamos a buscarnos un corredor de 45º a 55º, bien en el Circo de Morca, bien en el de San Gaudioso, para alcanzar el cordal. Después seguiremos al N, para hacer cima en el Moncayo y acto seguido descendemos por el "Cucharón" hasta el punto de inicio. Eso es lo que hicimos.

Los primeros pasos, iluminados por unos esperanzadores rayos de sol que se abren paso entre las nubes, discurren tranquilos, sin apenas desnivel, hasta el albergue. Allí tomamos el camino que bordea los tres circos glaciares, lo que, a la postre, nos obligará a subir por el Circo de Morca, pues sospechamos que no hay camino hacia San Gaudioso por esta senda. No importa, vamos charlando animadamente en busca de las paredes nevadas del circo más oriental.

Sin ganar mucha altura y con un ritmo alegre, vamos a ir desviándonos poco a poco de la senda para alcanzar la base del Circo de Morca. Allí, para nuestra sopresa, ya había un grupo de montañeros atacando... ¡el mismo corredor que habíamos decidido en la distancia! "Qué se le va a hacer, estará hecho papilla cuando lleguemos", pienso. A todo esto, el día se estaba empezando a cubrir, y una grata sorpresa se estaba convirtiendo en el deprimente guión anunciado. La orientación con nieve y niebla en el Moncayo es complicada, sobre todo en el cordal, pero ya he estado varias veces aquí y llevamos material.

Después de unos minutos, interminables, colocándonos los crampones, los guantes y sacando los piolets, estamos listos para empezar. Hemos estado observando el corredor y tiene buena pinta, pero se nos plantea muy fácil, así que buscamos alguna variante para "darle emoción" al asunto. Esto es, vamos a ascender una pequeña "goulotte" a la izquierda de unos 55º, muy estrecha, para salir al cordal. Dicho y hecho, el corredor se nos hace corto, apenas paramos, y enseguida estamos metidos en el meollo. Entre tanto, Luis tiene alguna dificultad con sus crampones, pero lo soluciona parcialmente. Ahora, Gorka toma la iniciativa que, hasta ese momento, me había correspondido y tira fuerte por el estrechamiento, que salva sin problemas. La nieve es buena y las hojas de los piolets responden con suficiencia, las paredes de roca se convierten en buenos apoyos para falicitar nuestra progresión y la inclinación se mantiene durante pocos metros. En unos pocos más estamos arriba, junto a Gorka. Pero para entonces había hecho aparición el malo de la película: la niebla que luego se convirtió en ventisca de nieve.

Estamos en el cordal, rodeados por una niebla densa que no nos deja ver a más de 10 metros y con bastante viento. Recuerdo a mis compañeros que tenemos mapa, brújula, nuestra huella y ropa de abrigo. Vamos a por el Moncayo. Las condiciones no eran muy malas en ese momento, solo niebla y frío, la nieve cristalizada vino después.

Con sentido de la orientación, dejando el abismo a la derecha de nuestra marcha (E), seguimos el cordal, que tarde o temprano nos ha de llevar hasta nuestra cima objetivo. Asumiendo tácitamente unos galones que quizá no me correpondan (Gorka, por ejemplo, ha hecho más invernales que yo), me pongo al frente y asumo la responsabilidad del sentido de la marcha. Una cosa es segura, si no perdemos de vista el vacío de nuestra derecha, llegaremos seguro, solo es cuestión de tiempo. Pero, claro, el otro tiempo está empezando a deteriorarse de forma rápida, y lo que era una inocente niebla se ha convertido en una ventisca de nieve que azota nuestros rostros con sus látigos cristalizados. Nos ponemos toda la ropa, el Gore y el buff o máscara. Tal era la fuerza del viento que los copos de nieve helados se colaban en los diminutos agujeros de mi máscara de neopreno, realmente fustigante.

El caminar se torna dificultoso, pues caminamos con fuerte viento de lado, y nuestra progresión se hace más lenta. Después de unos buenos minutos peleando contra los elementos, nos damos de bruces con la cima del Pico de Morca (2.283m). No hay ganas ni de fotos ni de nada, aunque nos quitamos los guantes para comer una barrita de cereales. Dos minutos, y las manos, heladas. Vamos a hacer el esfuerzo de llegar al Moncayo, porque, una vez allí todo será más fácil y estaremos reanimados por el éxito de la cumbre.

La sensación de claustrofobia que da estar caminando en un infierno blanco, sin apenas visibilidad y con cristales de agua golpeando a rachas tu rostro es una sensación que no había experimetado nunca. He de decir que muy agradable no es, pero tenía la total seguridad de lo que estábamos haciendo y del lugar en el que nos encontrábamos. Seguíamos una huella ficticia, pues si alguna vez hubo una (puede incluso que una reciente), se había helado y venteado hasta el punto de quedar irreconocible en aquel manto blanco. Había alguna duda en el equipo, las dudas que siempre te asaltan la primera vez que vas con alguien a la montaña. Sabía que podía pasar, porque a mí me había pasado. Y cayó la pregunta: "¿Sabes por donde vamos? Quiero decir... la orientación que llevamos... me da la sensación de que estamos dando vueltas en círculo" me pregunta Pablo, el más neófito en esta bella actividad. Le respondo con la seguridad que tengo, pero sobre todo que él requiere: "Estamos yendo todo el rato en hacia el norte, y como seguimos con la vista el vacío que nos sirve de referencia a nuestra derecha, a veces vamos pleno norte, a veces noreste y a veces noroeste". Alguien saca una brújula: efectivamente, ahora estamos caminando noroeste. "Estamos en el último circo", pienso.

Pronto llegamos al enorme collado del circo de San Miguel, sé que la cima está a 200m, vamos bien. Además consta de un gran punto geodésico y de otro pilar de hormigón con una cruz de Santiago. ¡Lo tenemos que encontrar! Me acerco al abismo, intentando recordar la vía por la que llegué el año anterior a este punto, vamos un poco a izquierda y derecha, remontamos un poco más... ¡ya está! Parece que Gorka ha visto algo, nos juntamos, lo vemos todos, es una de las columnas de hormigón. La cima está un poco más allá. Es nuestra. Abrazo de astronauta y sonrisas debajo de las máscaras. Está todo envuelto hielo húmedo y quebradizo, el viento no amaina y la visibilidad sigue siendo nula, pero ahora estamos en la cumbre y disfrutamos de ella durante 6 o 7 minutos. Hace mucho frío.

Nos hacemos unas fotos y decidimos buscar un camino de bajada, en principio, por el cucharón. Pero, ¿desde qué punto? No se ve nada a cinco metros y la decisión recae en mí, que es quien conoce la zona algo más. Tanteo el terreno, me acerco a la pared del circo, hay una pequeña cornisa, pues ha estado soplando de SO. Me lo pienso, sé que volver a bajar por donde hemos subido supone mucho desgaste sin seguridad de encontrar la ruta, sé que bajar a Cueva de Ágreda es un largo camino que luego hemos de solucionar con transporte hasta nuestro coche. No hay otra, "chavales, voy a bajar por aquí", les digo. A alguno le pareció una locura, pero la locura era quedarse parado a pensar más de lo necesario, en montaña hay que ser rápido de pensamiento y de ejecución. Es un medio hostil.

Desaparezco en la niebla por debajo de mis compañeros, tanteo la nieve, es buena. Voy descendiendo de espaldas la parte más inclinada, por ser la rampa de salida, del circo, que tendrá unos 50º. Impresiona, pero en después de pocos pasos grito a mis compañeros que lo veo bien como para llegar abajo y que sé que la pendiente se suaviza después de unos 150m. Me siguen. Escrupulosamente, vamos moviéndonos en paralelo por la pared, encontrando tramos de nieve más dura y partes de nieve blanda, apenas transformada. Conforme vamos descendiendo la pendiente se vuelve menos vertical... cuando de repente oímos un grito de una montañera, a nuestra derecha. Parece venir de la zona de los gendarmes y hemos creído oir que pedía ayuda. No nos lo pensamos, aceleramos la marcha, aún de espaldas al valle, hacia el lugar de donde venía el sonido. Al poco rato contestamos, preguntamos si todo va bien. Afirmativo, nos tranquilizamos. Ahora la pendiente es de 40º, nos damos la vuelta y vamos a su encuentro, queremos verles, pues hace mucho tiempo que no hemos visto nada que no fuese blanco.

Son un grupo numeroso, bien equipado y con un perro. Estaban ascendiendo por el cucharón, pero no han hecho cima, han sido muy prudentes. Posiblemente su grupo era bastante heterogéneo y eso les ha animado a ser conservadores. Ahora que la tensión se ha disipado, descendemos tranquilamente hasta le albergue. Queremos un almuerzo contundente, a la altura de la experiencia. Y consta de: Migas con chorizo y una buena cerveza. Lo más importante, que estamos los cuatro juntos alrededor de una estufa, después de un frío día de montaña. Como siempre, el Moncayo no deja indiferente a nadie. El Moncayo nunca defrauda.


Salud y Montaña


Reportaje fotográfico: Pablo Goenaga / Javier Rodríguez / Gorka Sanz


Salimos del bosque para acercarnos a Morca.

Ya divisamos nuestra ruta de hoy: Este amplio corredor con una variante de salida.

Otro grupo va delante.

Ultimo vistazo a la pendiente....

... y manos (y pies) a la obra.

Se va nublando conforme subimos.

Ahí estaba el dilema.

Saliendo del corredor.

En alguna parte entre Morca y Moncayo...

Hemos encontrado la cima sin demasiada dificultad.

Moncayo (2.316) invernal con los protagonistas de la ascensión.



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