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sábado, 10 de noviembre de 2012

Palas (2.974m) por la chimenea Ledormeur. Descubriendo al hermano menor del Balaitús.


Pico Palas, Pirineo Aragonés, Huesca, España. 29 de Julio de 2012

El Pico de Palas (o Pallás, 2.974m) es una montaña singular pues su cima marca no sólo la frontera política entre Francia y España sino que separa los departamentos franceses de Pyrénées-Atlantiques y Hautes-Pyrénnées. Este carácter de frontera corresponde bien a la morfología de la montaña, que presenta tres caras abruptas de granito grisáceo oscuro pulidas por los hielos cuaternarios. Los antiguos glaciares dieron lugar a la abundancia de lagos de origen glaciar que podemos encontrar en las tres vertientes del Palas.

El Palas fue ascendido por primera vez por casualidad. Fueron los geodésicos franceses Peytier y Hossard quienes, en 1825, ascendieron a esta montaña por la vía clásica francesa, hoy llamada 'brèche des géodésiens' en su honor, cuando intentaban alcanzar la cumbre del Balaitús para efectuar mediciones científicas. La otra vía clásica de ascensión es la que nosotros recorreremos, la chimenea Ledormeur, a la que se accede desde la vertiente española de la montaña. 

Pocos días antes Aitor, Gorka y yo, habíamos decidido ascender esta vía en el día de nuestro reencuentro. Así pues, con los macutos preparados para una larga ruta con una interesante trepada y una bonita arista por recorrer, nos encaminamos para otra aventura juntos. 


RUTA

Desde el aparcamiento de La Sarra se toma el sendero GR.11 (marcas blancas y rojas) y se recorre en dirección a Respomuso hasta el desvío que indica claramente "Ibones de Arriel". Continuamos por un sendero más estrecho que se eleva por bosque brevemente y por pedregal después hasta alcanzar el ibón inferior de Arriel. Aquí rodeamos los ibones por el E, hasta llegar a las inmediaciones del Pico de Palas, al final del ibón superior de Arriel. En este punto empezamos a subir por trazas de senda hacia la pared SE del Palas, a la que debemos acercarnos en su parte central para divisar la placa amarillas y las marcas de pintura roja que conducen a la chimenea Ledormeur. Ascendemos la canal inclinada utilizando las buenas presas de que disponemos y, una vez en la parte superior de la misma, seguimos la senda evidente por la arista SO hasta una canal de piedra blanquecina descompuesta, que nos conduce directamente a la cima del Palas.

El mismo itinerario para descender. Existen tres puntos de anclaje equipados para rapelar la chimenea.


DIFICULTAD

Las propias de la distancia y el desnivel (1.536m), más la dificultad especifica de la vía de acceso, la chimenea Ledormeur. Su cotación es PD- II°, siendo la parte inferior la más inclinada y difícil. Otra dificultad inherente a esta vía consiste en la identificación de la buena chimenea, puesto que existen otras canales susceptibles de ser confundidas con la vía aquí descrita.

Recomendable casco, arnés, cuerda y demás material para rapelar, especialmente para montañeros inexpertos. La caída no perdona.


DESNIVEL POSITIVO

1.536m


TIEMPO

Nublado, despejándose conforme avanzaba el día. Viento débil. Temperatura en torno a los 15°C en la cima de Palas y 25°C en La Sarra.


CROQUIS


La Sarra - Ibón inferior de Arriel

Ibón inferior de Arriel - Chimenea Ledormeur - Palas


DESCRIPCIÓN

Ginebra quedó atrás y durante mi viaje a España, conforme sobrevolaba los Pirineos, pensaba para mis adentros: 'qué bien sienta volver a casa, aunque sea de vacaciones'. Con esa ansiedad pueril de quien quiere llegar ya y una vez en destino hacer todo lo que quiere hacer al mismo tiempo. Sin embargo, el reencuentro con la montaña y con mis buenos amigos Aitor Askargorta (al que no veía desde hacía mucho, pues pasó una temporada en Nueva Zelanda) y Gorka Sanz tuvo que esperar más de lo que hubiese querido.

Los días pasaban, rápido, visitando a amigos, saliendo a cenar, yendo a la playa, pero llevaba en Pamplona más de una semana y seguía sin pisar esa tierra especial, la del Pirineo, que tantas emociones nos tiene siempre reservadas. Hice una salida, el 23 de julio, con mi chica. Subimos a San Miguel de Aralar desde Uharte-Arakil, para seguir preparando las piernas para desafíos mayores y quitarme un poco el mono de montaña que estaba empezando a apoderarse de mi.

Cuando un par de días antes de nuestra excursión nos pusimos de acuerdo para subir los tres al Pico de Palas, no podía estar más contento. Habíamos estado discutiendo si era mejor hacer las Frondellas, el Balaitús por la Gran Diagonal o el Palas. Debo decir que yo era el menos convencido por esta última opción, pues sabía que tendríamos que encontrar, primero; subir, después; y finalmente, descender la chimenea Ledormeur. Y no tenía ganas de meterme en berenjenales, máxime después de haber comprobado, unos días antes con Aitor, como mi nivel de escalada había caído hasta el nivel del suelo. 

Evidentemente, como estaba en minoría y, además, íbamos a llevar material, elegimos la ascensión al Palas.

Salimos el 29 de julio temprano por la mañana de Pamplona, y en poco más de 2 horas estábamos aparcando el coche en el aparcamiento del embalse de La Sarra, cerca de Sallent de Gállego. El viaje, como siempre, especialmente cuando es un reencuentro de amigos que no se ven a menudo, fue una sucesión de bromas, historias más o menos antiguas y muchas risas. Es una parte imprescindible e insustituible de toda excursión montañera, no me cabe la menor duda. Ir sólo al monte no tiene nada que ver. Así que, entre risas y predicciones, nos pusimos en marcha en torno a las 10 de la mañana e impusimos (impusieron, si os soy sincero) un ritmo exigente para acortar al mínimo posible el largo trecho por el GR.11 que hay entre La Sarra y el desvío a los Ibones de Arriel.

En efecto, no hay que confundirse: hay un desvío previo hacia el N que lleva al Pico de Arriel. Nosotros tomamos el segundo desvío, el que conduce a los Ibones de Arriel, Pico de Palas y Balaitús por la Gran Diagonal. Y a Francia, también. La subida se hace pesada, pues es larga y la hemos recorrido varias veces. Recuerdo especialmente que en una de mis primeras salidas montañeras de entidad, cuando mi hermano Eloy y yo hicimos la ascensión de la Gran Facha desde La Sarra, habíamos caminado durante horas por este largo valle y este camino, en ocasiones pedregoso, que llegamos a creer que era interminable. 

Nada más lejos de la realidad, en poco menos de una hora nos encontramos en el desvío hacia los Ibones de Arriel. Ahora empieza otra tediosa parte del recorrido, por un pequeño bosque al principio y una gran pendiente pedregosa a continuación. Esta zona es barrida frecuentemente por avalanchas durante el invierno y la primavera, coladas de nieve que pueden resultar peligrosas no solo en esta zona en sí, sino también en el GR.11, pues suelen terminar en el curso del río Aguas Limpias. Numerosos paneles nos avisan de este peligro objetivo a lo largo de este sector del camino de gran recorrido por excelencia del Pirineo.

Decía que recorrer la pendiente pedregosa, yerma y devastada, que se extiende a los pies de los primeros contrafuertes del Pico de Arriel, es tedioso y, si no fuese por el aliciente de conducir a los magníficos Ibones de Arriel y a las grandes cumbres de este sector, no tendrían ningún interés especial. Salvando las distancias (que no son muchas), me recuerda a las Mallatas del sector de Panticosa. Esta pendiente ya la conocíamos Aitor y yo, pues habíamos acometido, un par de años antes y en compañía de Eloy, la ascensión al Balaitús por la Gran Diagonal. Esta vez, me encontraba más cansado, menos entrenado. Las dos primeras horas de ascensión, hasta los ibones, fueron bastante duras para mi, mientras que mis compañeros se encontraban bastante mejor de forma. 

Rodeamos los ibones en nuestro camino al Palas. Llegados al último ibón, el superior, lo rodeamos por la vertiente E y empezamos a subir por trazas de senda una pendiente de piedra descompuesta que nos conduce, tras una travesía serpenteante, al pie del Pico Palas. Aquí sobrevivía un pequeño nevero con su correspondiente rimaya, que tuvimos que evitar para pasar hacia el inicio de la vía. Sin embargo, no sabíamos cuál era la vía, puesto que no la habíamos identificado con precisión. Aitor opinaba que debíamos subir por una chimenea que estaba muy cerca del Pitón Von Martin; Gorka y yo pensábamos que debíamos continuar buscando, hacia el centro de la pared, la famosa chimenea herbosa conocida por chimenea Ledormeur. Mientras seguíamos preguntándonos cuál sería la buena ruta una pareja de montañeros italianos descendieron por lo que parecía la vía correcta, así que partimos a su encuentro. Ellos nos indicaron que había que subir un pequeño corredor de piedra más blanca marcado con pintura roja antes de encontrar la chimenea Ledormeur, que está relativamente escondida.

Ese día, me encontraba bastante a disgusto con mi cuerpo y mis sensaciones. Llegó el momento de ir al excusado, operación harto complicada/delicada en montaña, nunca me cansaré de decirlo, y efectivamente, mi situación mejoró ostensiblemente. Aunque ahora quedaba subir aquella chimenea verdosa, más vertical de lo que hubiera imaginado, pero que resultó realmente fácil a la subida y nada difícil a la bajada. Eso sí, siendo consciente de que una concatenación de malos pasos puede ser fatal, pero esa es la realidad de muchas vías clásicas como ésta, y no por ello son menos frecuentadas. Poco a poco, con la imponente cara O del Balaitús a nuestra espalda y siguiendo el mandamiento de los tres puntos de apoyo simultáneos, ascendemos por aquel angosto resquicio, identificando los puntos de anclaje para su posible utilización durante la bajada. 

Una vez terminada la chimenea el camino se vuelve más aéreo, pero también más asequible y recorre la parte superior de la arista S, al principio por la vertiente E y después por la vertiente O. Superando una zona  de piedra más descompuesta cerca de la antecima, llegamos a los bloques finales de ésta y, finalmente a la cima del Pico de Palas (2.974m). Hemos llegado juntos, charlando. En cima nos felicitamos por esta bonita ascensión, sabiendo que aún nos queda el otro cincuenta por ciento por recorrer, en sentido inverso. 

La cima del Palas ofrece unas vistas excepcionales sobre unos 300°, pues la parte NNE se encuentra tapada por la cresta cimera. Pese a ello tenemos unas vistas impresionantes sobre los vecinos Arriel y Balaitús, así como sobre los numerosos lagos que encuentran al pie de estas moles de roca. Entre ellos, los Ibones de Arriel, el Lac de Arrémoulit y el Lac d'Artouste. Por desgracia no podemos ver ni el Ibón Chelau ni los Lacs de Batcrabère. En la cima nos quedamos durante un buen rato, comiendo los bocadillos o, como ya viene siendo habitual para mi, un sobre de comida liofilizada. Acostumbrarse a comer caliente en el monte es algo que no tiene vuelta atrás...

Tras hacer unas buenas fotos y contemplar el bello paisaje, nos disponemos a descender por el mismo camino que a la subida. La bajada no presenta ninguna dificultad hasta la chimenea, y me quedo un poco atrás para fotografiar a mis compañeros desde la lejanía. Éstos me esperan en la parte alta de chimenea, para comenzar el descenso juntos. Como no tenía muchas ganas de pasar momentos de tensión, decidí ponerme el arnés, aunque fue en vano, porque nunca sacamos las cuerdas ni los reversos. Aitor se preguntaba jocosamente para qué me había puesto 'el pañal'... Bueno, después de unos metros bajando por la pared, vi que no era tan delicada como pensaba y que se podía destrepar con cuidado. Eso hicimos durante los 80 o 90 metros de chimenea, hasta llegar a su base y respirar más tranquilos: el tramo delicado se había superado sin problemas.

Fue entonces cuando pusimos rumbo a La Sarra a buen ritmo otra vez, primero bajando por el pedregal que se extiende bajo la cara S del Palas y después rodeando los Ibones de Arriel, donde volvimos a apreciar presencia humana (incluso alguna tienda ya montada pese a lo temprano de la hora). El descenso se hizo largo, pero las miradas atrás, para fotografiar nuestra montaña de hoy, más y más libre de nubes conforme avanzaba la tarde, se sucedían. Me fui quedando atrás fruto del cansancio también y llegué muy vacío, pero muy contento, junto a mis compañeros, que me habían esperado cerca del empalme con el GR.11, al aparcamiento de La Sarra. 

Había sido un bonito reencuentro entre amigos y una excelente experiencia montañera. Una  ascensión para recordar cuando empiece a echar de menos a mis amigos y a este precioso entorno.

Salud y Montaña.


Reportaje fotográfico: Javier Rodríguez / Gorka Sanz


Primera vista sobre el Palas.

Ibón superior de Arriel.

Pico de Arriel (2.824m).

Esta placa y las marcas rojas nos indican el camino a seguir.

El Balaitús y las Frondellas desde la base de la chimenea.

Chimenea Ledormeur (II°), desde su base.

Subiendo la chimenea (I)
Subiendo la chimenea (II)

Subiendo la chimenea (III)






































Cima del Palas (2.974m), Javier, Aitor y Gorka.

Pico de Arriel (2.824m), cara N.

Midi d'Ossau (2.884m)

Balaitús (3.144m), cara O.

Panorámica E desde la cima del Palas.

Empieza el descenso: Zona descompuesta próxima a la cima.

Bajando por la arista SO

La arista es ancha en una parte del recorrido.

Descenso de la chimenea.

Mirando la impresionante cara SE del Palas.

Una vista atrás hacia nuestra montaña de hoy.

Una señora marmota posando ante tres bípedos que la observan.

La amplia ladera S que se extiende a los pies del Pico de Arriel.

Este es el desvío hacia los Ibones de Arriel.

Volvemos tranquilamente por el GR.11.

PS: Los comentarios son fuente de motivación para la existencia de un blog. Si algo te gusta (o si no) coméntalo para que en el futuro siga habiendo nuevas entradas. Gracias.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Collarada (2.886m). Una invernal solitaria.

Pirineo Jacetano, Huesca, España. 2 de enero de 2011.


Con muchas ganas de retomar la actividad alpinística, dejada de lado en el otoño por mis estudios en el extranjero, contacto con mi buen amigo Aitor y le propongo, aprovechando las buenas condiciones de la nieve, una ascensión a la Collarada.

La Collarada, vieja conocida de una ascensión estival anterior, es un desafío importante en invierno puesto que tanto si se opta por salir de Villanúa como de Canfranc, el desnivel positivo a superar se aproxima a los 2.000 metros. Por otro lado, la orografía de su vertiente sur, con una inclinación media de 30°/35°, y su amplitud, dificultan la estabilización del manto nivoso en invierno y primavera. La enormidad de esta ladera sur hace que las avalanchas sean de gran amplitud, como la que sepultó, el año pasado, a tres montañeros navarros.

Por todas estas razones, a las que podemos añadir la magnífica previsión de tiempo soleado y la proximidad a Pamplona, decidimos aprovechar la oportunidad de hollar la cima de este vigía de las llanuras jacetanas el segundo día de este nuevo año.

Es una ascensión sencilla técnicamente, larga y física, pero que ofrece una perspectiva privilegiada del Circo de Ip, Peña Telera, Peña Oroel y las llanuras jacetanas.


ASCENSIÓN

Llegamos a Villanúa en coche y tomamos una pista que sale desde el albergue del pueblo, la seguimos cinco minutos hasta que vemos un poste de madera que señala el camino hacia el refugio de la Trapa. Remontamos, por camino balizado, el trecho de bosque que nos separa del refugio y continuamos por un corredor de nieve muy transformada, hacia el NE. Una vez arriba seguimos, a falta de huellas en la nieve, esa orientación, para salir finalmente a la amplia ladera sur de la Collarada. Continuamos remontando dicha vertiente hacia el casco somital, que atacamos por el evidente y helado corredor SO. Proseguimos por arista de nieve fácil unos 20 metros hacia el E y alcanzamos la cima. Descenso por el mismo itinerario.


DESNIVEL POSITIVO 

1.900 metros


TIEMPO

Excelentes condiciones de innivación y de estabilidad del manto nivoso (Riesgo 1 por debajo de 2.000 metros y 2 por encima de esa cota), nublado dando paso al sol durante la jornada. Temperatura entre 5°C y -3°C. Viento débil.


CROQUIS




DURACIÓN

Villanúa - La Trapa (2h) - Ladera Sur (2h45) - Corredor SO (4h15) - Collarada (4h45).


DIFICULTAD

Pocas dificultades técnicas, concentrándose éstas en el corredor SO, de unos 45°, que nosotros encontramos con nieve muy dura, casi hielo, y que nos obligó a subirlo y bajarlo de cara a la pared. También hacer hincapié en la altitud de esta montaña, casi 3.000 metros, y el importante desnivel positivo, máxime teniendo en cuenta que se trata de una ascensión invernal.


DESCRIPCIÓN


Aitor y yo quedamos hacia las 7 de la mañana en Pamplona. Tras hacer las comprobaciones pertinentes nos ponemos en marcha y arribamos a Villanúa a las 8h45. Aitor ha decidido portear sus esquís durante casi mil metros para intentar disfrutar de una espléndida bajada por la grandiosa vertiente sur de la Collarada. No mentiría si asegurase que buena parte de su motivación bebía de esa fuente. Enseguida nos ponemos en marcha siguiendo el camino balizado y evidente que cruza la pista para todo-terrenos que conduce al Refugio de La Trapa. La senda está libre de nieve, la progresión es rápida y sin dificultades, aunque animada por algún "enganchón" de los esquís de Aitor en la vegetación próxima al camino.

En pocos minutos calentamos nuestras cuerpos y los ponemos en sintonía con nuestra enorme motivación por subir a este pico tan emblemático del Pirineo Occidental. Aunque hace fresco, la ropa nos empieza a sobrar desde muy pronto, en nuestras frecuentes paradas para beber ponemos y quitamos capas al gusto de cada cual.

Alcanzamos el Refugio de La Trapa (1.750 metros) con celeridad, el camino del bosque se hace ameno y corto. Es entonces cuando nos planteamos si seguir la ruta normal de verano, esa que contornea el murallón rocoso que se alza justo por encima del refugio por el E o si tomamos la vía directa del corredor de nieve situado justo al N de aquel. Sin mucha discusión, optamos por la segunda posibilidad, no podía ser de otra manera con Aitor, amante de la verticalidad hasta el desplome. La nieve, que hace su aparición en los alrededores del refugio, hacia la cota 1.700, esta muy transformada, y la progresión por el corredor resulta fácil y segura.

Así, no encontramos en una sucesión de pequeñas colinas y paso estrechos nevados que nos conducen, a modo de transición, hacia la gran ladera sur de la Collarada. La imagen de esta ladera es sobrecogedora. Mil metros nos separan de la cima, y la extensión de lado a lado de esta ladera es simplemente impresionante. La inclinación suave, pero sostenida, y la nieve dura que cubre toda esta vertiente facilitan nuestra progresión, especialmente a mí, que voy con crampones. Aitor pelea con los cantos de sus esquís para no perder la verticalidad. Los más de 900 metros de desnivel se hacen largos, porque ya llevamos un rato de ejercicio y porque la sensación de ver como la corona cimera se aproxima lentamente a nosotros martillea nuestra moral. Además, por qué no decirlo, hace fresco y es 2 de enero!

Llegamos finalmente al corredor SO, parece fácil, amplio y corto. Pero, como sospechábamos desde que la nieve se había empezado a endurecer bastante desde la cota 2.500, la nieve de nuestra vía estaba muy dura. Comprobamos que sólo las puntas delanteras de los crampones entran en la nieve. Además nos hemos traído sólo un piolet por barba, con lo que la ascensión y posterior descenso prometen ser entretenidos. Aitor se pone por delante y me confirma que la vía está para clavar bien y no resbalarse. Así que poco a poco vamos progresando, sin mayor dificultad, pero con algo de tensión (una caída nos haría coger velocidad por una pendiente de 1.000 metros helada...), hasta llegar a la arista que conduce a la cima. Sin apenas cornisa hacia la vertiente norte, la amplia arista se recorre fácilmente hasta el punto más alto de la zona. En menos de cinco horas hemos hecho una cima muy merecida y disfrutamos de las vistas, ahora que las últimas nubes parecen abrirse ante nuestros ojos.


Estamos en cima unos momentos, Aitor renuncia a descender el corredor esquiando, y decidimos descender como hemos subido, con cuidado y despacito. Desde la base del corredor nos separamos, Aitor se calza los esquís y desciende haciendo rápidos zig-zags que arañan la nieve durísima de la parte más alta de la ladera sur de la Collarada. A pesar de la amplitud del panorama, le pierdo de vista en pocos minutos, después tardaré un poco en encontrarle, hasta el punto de llegar a preocuparme por una posible caída. Finalmente le encuentro detrás de una colina, hacia la cota 1.900, comiendo un poco y abrigado con la chaqueta de fibra. Nos quedamos comiendo un rato más y emprendemos el descenso hacia el coche, con gran satisfacción por volver a recorrer nuestras montañas juntos y haber vuelto a conseguir una bonita ascensión invernal un año después de la epopeya del Petit Vignemale en el día más frío en mucho tiempo en el Pirineo.

Siempre es un placer y un reto hacer montaña con Aitor, quien ahora afronta otros desafíos en otras latitudes. Hasta pronto!


Salud y Montaña
















































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sábado, 15 de mayo de 2010

Cara Norte de la Alcazaba (AD, 55º, 750m). Un paseo por las alturas de Sierra Nevada.

Sierra Nevada, Granada, 1, 2 y 3 de mayo de 2010.



Éste ha sido un tiempo largamente esperado, un reto atractivo y atrayente. ¡Quién iba a decir que solo fuera nuestro plan B... o C! Nuestra ilusión de hacer un viaje juntos a los Alpes se vio truncada a base de nieve, viento y bajas temperaturas. Estábamos preparados, al menos mentalmente, para algo grande, así que buscamos algo factible a una semana corta de distancia de Pamplona... y salió Sierra Nevada. Éste fue el lugar elegido para nuestra aventura alpinística.

Sierra Nevada es un macizo montañoso perteneciente al conjunto de las Béticas, concretamente a los sistemas Penibéticos. Está situada en Andalucía, España, extendiéndose por la zona centro-sureste de la provincia de Granada y parte del suroeste de la provincia de Almería. En 1986 fue declarada «Reserva de la Biosfera» por la Unesco y, en 1999, gran parte de su territorio fue declarado Parque Nacional por sus valores botánicos, paisajísticos y naturales. Es el macizo montañoso de mayor altitud de toda Europa occidental después de los Alpes. Su altitud máxima se alcanza en el pico Mulhacén, de 3.479 metros.

Nuestra intención, buscando la dificultad, era alcanzar una cima mayor, Alcazaba o Mulhacén, escalando su cara norte. Finalmente, fue la Alcazaba, que se erigió como protagonista de este alpinismo en tierras meridionales. Y fueron, sin duda, unos días excepcionales.


ASCENSIÓN

Nuestro punto de partida se sitúa en la carretera que conduce a la Vereda de la Estrella, a la altura del tercer túnel. Desde allí se toma la carretera, actualmente en obras, para enlazar con el inicio de la vereda, perfectamente sealizada. Por camino ancho y bien acondicionado continuamos hacia el Barranco de San Juan, que cruzamos hacia el E, para ganar la Loma de las Casillas, descender hacia el Valle de la Víboras y remontar parte del Gran Espolón de la Alcazaba. Aquí hacemos el primer vivac a 2.600m.

En la segunda jornada, nos internamos en el gran nevero existente entre el Gran Espolón y el Raspón de Peñón Gordo, remontándolo hasta la base de un sistema de terrazas. Por éste ascendemos hacia un corredor de 45º que se va anchando, hasta dejarnos en la entrada de otro corredor, flanqueado por un gran gendarme a su izquierda. Ascendemos por este corredor de 55º hasta una arista de nieve, desde la cual se efectúa una corta travesía horizontal hasta ganar la base del "Canuto" que atraviesa de izquierda a derecha la parte más oriental de la cara norte de la Alcazaba. Desde el Gran Vasar hasta las inmediaciones de la cima. Justo en la salida hay que superar un resalte de unos 60º en hielo. Remontamos el "Canuto" y llegamos a la cima. Desde este punto tomamos el camino del SO, para descender a la Cañada de Siete Lagunas y alcanzar la cima del Mulhacén por la cara SE. Volvemos sobre nuestros pasos hasta el Puntal de la Cornisa y después descendemos en dirección a la Cañada de los Calderones, en la vertiente oriental de la Alcazaba. Aquí plantamos el segundo vivac.

El tercer día remontamos la Loma de Vacares para coronar la cima del Puntal de Vacares, descender por la cresta occidental hasta el Puntal de las Calderetas y volver al Puntal de Vacares. Desde aquí descendemos la cresta hacia el E, para descender brevemente a los Prados de Vacares y ascender hacia el Pico del Cuervo. Seguidamente descendemos por la Loma del Calvario hacia el vivac de la Cucaracha y el Refugio del mismo nombre, donde enlazamos con la Vereda de la Estrella, siguiendo la cual alcanzamos el punto de inicio.


DESNIVEL POSITIVO

Día 1: 1.600m;
Día 2: 1.500m;
Día 3: 600m.


TIEMPO

Soleado durante el día, nubes por las tardes. Gran constraste térmico entre los 22ºC del valle del río Genil y los -3ºC de los vivac en altura. Viento moderado durante la última jornada, que hacía bajar considerablemente la sensación térmica.


CROQUIS

Cara Norte de la Alcazaba

Cara Norte de la Alcazaba

Día 1: Inicio Vereda de la Estrella - Gran Espolón
Día 2: Gran Espolón - Cañada de los Calderones 


Día 3: Cañada de los Calderones - Inicio Vereda de la Estrella


DURACIÓN

DÍA 1: Inicio Vereda de la Estrella - Cueva Secreta (3h) - Valle de las Víboras (4h) - Gran Espolón (vivac) (5h30); DÍA 2: Gran Espolón (vivac) - Cima Alcazaba (2h45) - Cima Mulhacén (5h) - Cima Puntal de la Cornisa (6h30) - Cañada de los Calderones (vivac) (8h); DÍA 3: Cañada de los Calderones (vivac) - Cima Puntal de Vacares (1h15) - Cima Puntal de las Calderetas (2h) - Prados de Vacares (3h30) - Cima Pico del Cuervo (4h) - Refugio de la Cucaracha (6h) - Inicio Vereda de la Estrella (7h45).


DIFICULTAD

Recorrido senderista hasta el final de la Vereda de la Estrella, con fácil orientación y amplio camino. Se torna más difícil en cuanto a la orientación a partir de Cueva Secreta, desde donde no hay sino trazas de senda que se pierden en el Valle de las Víboras.

Dificultades técnicas de la Cara Norte de la Alcazaba en la vía utilizada: 45-50º sostenido con algunos tramos largos de 55º y cortos resaltes en hielo de hasta 60º. Vía de longitud moderada, 750 metros. Buen dominio de crampones y piolets, y cierta experiencia en corredores, preferible encordarse si algún miembro de la cordada no tiene buena experiencia y técnica. Vía expuesta. También pasos de II en roca.

El resto del recorrido solo exige pasos cortos de trepada (Puntal de las Calderetas, zona somital) y técnica de progresión en nieve. A tener en cuenta la altitud a la que se llevan a cabo las actividades en la segunda jornada (por encima de 3.000m) y la gran distancia a recorrer.

Abundante agua/nieve durante todo el recorrido.


DESCRIPCIÓN

Eran más de las tres y media de la tarde cuando emprendimos nuestro viaje a Granada, tierra soleada y templada, donde íbamos a firmar nuestra mejor actividad sobre hielo y roca hasta la fecha. Estamos los cuatro: Aitor, Gorka, Pablo y yo. Se echa en falta a mi hermano Eloy, que decide no sumarse a la aventura penibética en los días inmediatamente anteriores.

Macutos estratosféricos abarrotan el maletero del Dacia Logan largo de Gorka, no hay espacio para nada más, sin embargo, tampoco nos sobró nada durante esa semana. Las mochilas llevan ropa de alta montaña, gas, hornillos, cazuelas, crampones, piolets, cuerdas, sistemas, botas, botellines, comida, sacos de dormir, esterillas. No sobra nada, y ya durante el viaje de ida nos mentalizamos ante los monstruos que vamos a llevar a la espalda durante varios días. Como los caracoles.

El viaje es largo, lo es, pero a nosotros se nos hizo corto, ameno, jovial. Es una característica típica de los viajes de ida: todo alegría. Llegamos a Güejar-Sierra a las 0:30 y preguntamos a dos jóvenes que, casualmente, caminaban por la calle central del pueblo: "Perdonad, ¿un sitio para dormir?". Respuesta: "Tenei una cazetas de madera más adelante". Pues vale. Resultado: Una hora dando vueltas con el coche, con el que alcanzamos la cota 1750m, para luego bajar por otro lado... Al final encontramos el inicio de la senda que andábamos buscando, la "Vereda de la Estrella". Actualmente el acceso está en obras, así que tuvimos que dejar el coche bastante al principio, después de pasar el primer túnel. En este punto buscamos un hierbín cerca del río y acampamos para pasar la noche. Pero antes exploramos el inicio del camino con los frontales, no vayamos a estar donde no debemos. Poco después estaremos en nuestros sacos. Se apaga la luz a las 2 de la mañana.

En una horas, hacia las 9, nos despertamos y levantamos. Estábamos deseosos de empezar y enseguida recogemos la tienda y nos dirigimos al coche para preparar a conciencia los bultos, y dejar el maletero ordenado de paso. Nos pusimos en círculo, como los buenos, repartiendo el material duro, calculando a ojímetro lo que podíamos necesitar y lo que no. Todo en plan profesioná. Pelamos unas naranjitas para desayunar y ya estamos: podemos irnos.


Nada más empezar tenemos que sortear los múltiples obstáculos, entre vallas de la obra y desprendimientos del terreno, que nos encontramos por el camino. Una senda que es preciosa en esta época del año. La "Vereda de la Estrella" es un camino de montaña que aprovecha el trazado de un antiguo camino minero y discurre por la vega izquierda del río Genil. Este estrecho valle fluvial se ve jalonado por grandes paredes con abundante vegetación y unas formaciones rocosas singulares: grandes lajas de piedra marrón que amenazan con resbalar las unas sobre las otras. Es la típica pizarra metamórfica del núcleo central de Sierra Nevada.


La ruta gana altura muy progresivamente, buscando los puntos débiles de la orografía y salvando pequeños barrancos que bajan cargados de agua en esta época de deshielo. Nosotros, a pesar de nuestros lastres progresábamos muy bien por este terreno, con la ayuda de los bastones telescópicos, y teníamos tiempo para disfrutar del bello y cálido entorno. Este primer día de marcha fue fantástico en lo meteorológico, contando con un cielo azul y un sol deslumbrantes, la temperatura fue también muy buena, entre 24ºC y 10ºC. Incluso en el primer vivac no descendió de los -2ºC o -3ºC a 2.600m. Calorsito 'quillo. Estaba claro que habíamos acertado en esto de venirnos a Andalucía.


En este primer tramo de la ruta nuestra conversación es animada, caminamos normalmente de dos en dos y nos cruzamos con muchas personas que aprovechan el día 1 de mayo para hacer una excursión por la montaña. Nos paramos a hablar con varios de ellos, pero nadie iba a atacar ninguna cara norte al día siguiente, paseaban por la Vereda de la Estrella buscando paz, naturaleza, ejercicio o fotografías de ensueño. Precisamente uno de los senderistas más nos acompañó durante la jornada fue un fotógrafo que tomaba instantáneas de las caras norte de Mulhacén y Alcazaba, que se mostraban portentosas en el horizonte limpio de Sierra Nevada, así como de la vegetación y los barrancos en deshielo. Después de una hora y media de marcha el camino gira hacia el S-SO, buscando la entrada del Barranco de San Juan, desde donde se divisan los dos colosos, bañados en blanco y ocre, efigies en hielo y roca que nos atraen poderosamente. Ahora sabemos en qué condiciones de innivación se encuentran y podremos ponderar adecuadamente las posibles vías que tenemos en mente. La Alcazaba se muestra más nervuda y más rocosa que el Mulhacén, cuya cara norte aparece más plana y nevada. Ambas tienen vías de dificultades muy variables, pero desde el principio del viaje solo tuvimos ojos para la Alcazaba (del árabe qasaba, قصبة, 'ciudadela'). Nosotros, para motivarnos, lo bautizamos como “er K2 de Sierra Nevada”.


Nos tomamos la aproximación con tranquilidad, el día es magnífico y el sitio único. Estamos de vacaciones y solos en la montaña, nadie que vaya a atacar el día 2, aparentemente. Nos paramos a comer y a refrescarnos con asiduidad, hasta este momento no hay problemas con la hidratación, hay agua corriente en todo el recorrido hasta los 1850m aproximadamente. Aprovechamos para recargar los botellines... alguno hasta se pone a secar la camiseta. Se estaba poniendo la cosa en plan “dominguero”, así que enseguida retomamos la marcha por el espolón que separa el Barranco de San Juan del Valle de las Víboras, claro que nosotros no sabíamos lo de las serpientes, sino que lo descubrimos por capítulos. En primer lugar se cruzó una de considerable tamaño, unos 60 cm, pero nada agresiva, en medio del camino, así que la lancé con uno de los bastones al otro lado del riachuelo. Gorka, que tiene aprensión a las bichas, como él las llama, pensaba que yo andaba apartando un palo del camino, cuando vio que se retorcía en el aire. “Está en la otra orilla”, debió de pensar aliviado.

El tema es que el aperitivo reptiliano hubiese quedado en anécdota si no fuera porque conforme íbamos ganado la ladera del espolón y después bajándola al otro lado del mismo, nos fuimos dando cuenta de la ingente cantidad de agujeros en la tierra, intercalados con los pequeños matorrales que recubrían el terreno. Pero aparentemente aquel reino de los ofidios estaba en calma y los dos únicos animales que estaban en la zona, aparte de los de la cordada vasco-navarra, era dos cabras montesas. Solo casi al final del valle, cuando íbamos a abandonar la zona de matorral para internarnos en otro espolón rocoso, se le aparece una serpiente a Gorka, ¡a él precisamente! Nada más que un pequeño susto, por fortuna. La verdad es que en aquel momento estábamos ascendiendo con zapatillas de trekking y los tobillos podían ser blanco fácil de una posible mordedura... o de una inoportuna torcedura. Y es que aún me duele el pensar en el infame mochilón.

Eran las tres de la tarde y ya teníamos ganas de pararnos para comer y descansar. Llevábamos encima un buen desnivel, mucho del cual habíamos salvado en los últimos minutos por el espolón rocoso que asciende abruptamente hacia la base de la cara norte de la Alcazaba. No hay senda ni rastro de huella en nuestro itinerario, pero sabemos que vamos por una ruta transitable y decidimos instalar el campamento sobre roca, justo al lado de una lengua de nieve que nos dará acceso directo a la escalada del día siguiente. Después de seis horas de caminata y 1500 metros de desnivel positivo, nos entregamos al descanso y organizamos la repisa de 3x3 metros que hemos encontrado, con nuestras esterillas, mochilas, calzado, etc... cada uno pone de su parte para hacer un vivac confortable. En primer lugar pusimos las esterillas en el suelo y en base a eso delimitamos la zona con cantos y lajas de distintos tamaños, hasta formar una muralla de unos 35 cm de altura, lo suficiente para que el viento no nos moleste mientras intentamos dormir. Acto seguido, Aitor empieza a preparar la comida mientras los demás secamos ropa, organizamos mochilas, exploramos la zona circundante, sacamos fotos y, como es natural, hacemos nuestras necesidades.

En nuestro fantástico vivac de altura, nos preparamos para la suculenta cena. Sopa de verduras y macarrones, con un poco de jamón serrano. Agua, por suerte, podemos adquirir del cercano nevero, derritiendo la nieve e hirviendo el agua. Así que pasamos una noche bien alimentados, dentro de lo posible. En esta zona, gracias a las instalaciones en las cercanías del Pico Veleta, del que tenemos visión directa al O, podemos disfrutar de cobertura completa en nuestros teléfonos móviles, así que aprovechamos para comunicarnos con nuestras familias. Pasan los minutos muy rápidamente haciendo todas estas tareas y enseguida el cielo empieza a nublarse, “nubes de evolución” dice Aitor, nuestro Maldonado particular, “esto se despeja por la mañana, ya veréis”. Ya veremos, de momento nos metemos en los sacos de dormir y, a su vez, en la funda de vivac para entregarnos al descanso en este hotel de mil estrellas.


Día 2 de mayo, día de hazañas y miserias pasadas, nos alzamos somnolientos contra la pereza y nos ponemos en marcha para acometer la ascensión que nos espera. El saco está caliente y la sensación de salir de él de madrugada, a pesar de lo suave del mercurio, no es muy placentera. Nos vestimos rápidamente y nos disponemos a preparar el desayuno, un excelente cola-cao a base de agua derretida procedente del nevero, leche condensada, restos de sopa y polvos de cola-cao. Para mojar tenemos barritas energéticas duras como piedras y algunos orejones de albaricoque. Lo único realmente decente fueron las galletas rellenas de chocolate, a pesar de todo, un buen desayuno.

Empezamos a andar después de recoger todo el material y dejar limpio el vivac. Salimos hacia el campo de nieve que tenemos al E, en 20 metros estamos pisando nieve dura, perfecta después del rehielo de la noche. Vamos a tener una nieve excelente durante toda la primera parte de la mañana, lo que significa que tenemos que ascender en unas 2 o 3 horas como mucho. Progresamos muy rápidamente por las moderadas pendientes del principio, primero un flanqueo largo a 45º y después una pala muy grande de la misma inclinación, hasta ganar la verdadera base de la pared a unos 2800 metros. Es entonces cuando empieza la verdadera escalada.

Al no haber muchas opciones de subir por ninguna cascada por ser mala la calidad del hielo, dirigimos nuestra vista hacia un par de corredores y una travesía en roca que los enlaza. No era la vía que teníamos en mente inicialmente y no sabemos si ha sido hecha anteriormente, pero lo cierto es que no es difícil, aunque sí expuesta, sobre todo el flanqueo con los crampones sobre la roca.

De este modo atacamos un primer corredor de unos 60 metros a 50º de inclinación, para acceder a un sistema de terrazas (II), que escalamos con soltura. Desde aquí se sale a un segundo campo de nieve, a unos 45º y muy sostenido hasta unas repisas que quedan a la izquierda y donde descansamos brevemente.

La escalada está siendo exigente por el enorme peso de las mochilas, pero entramos en calor muy rápidamente y enseguida ascendemos a buen ritmo. La nieve está perfecta y contribuye a ofrecer una gran sensación de seguridad, los crampones y los piolets técnicos cumplen con su cometido a la perfección. Escalamos con los arneses puestos, por si hiciera falta asegurar algún paso más vertical o con peor calidad de nieve o roca. Al ir por una vía desconocida tampoco descartamos la posibilidad de tener que retirarnos hasta un punto identificable en la fotografía de pared que teníamos. Esta vez habíamos porteado material suficiente para acometer una escalada seria, con fisureros, tornillos de hielo, cuerdas, cordinos y demás en abundancia. No obstante nunca llegamos a utilizarlo por las buenas condiciones del terreno y lo asequible de la vía.

Tras la breve pausa, en la que aprovechamos para hidratarnos, iniciamos el segundo corredor, del que no se ve la salida, aunque adivinamos que hay una. Aitor va en cabeza, por este corredor flanqueado por un gran gendarme y que tiene una inclinación media de unos 55º. Este corredor es bastante más largo que el anterior, serán unos 150 metros y desemboca en una arista de nieve, desde la cual podemos adivinar el inicio del famoso “canuto” que atraviesa la parte superior de la montaña de E a O.

La arista es bella, alpina, está dura y se puede caminar bien por ella, Pablo y yo salimos enseguida a este vértice de nieve, Aitor y Gorka prefieren proseguir por el corredor hasta salir unos metros más arriba a la misma arista. Estamos a mitad de pared. Nos paramos a sacar alguna que otra foto, pero no muchas, hace frío y no queremos quedarnos quietos mucho tiempo. Enseguida volvemos a la carga, viendo la vía de los tres resaltes de hielo (a nuestra izquierda, debajo de nosotros), que enlaza directamente con el “canuto”. El hielo impracticable de mayo nos hubiese puesto en un compromiso de haber optado por ahí, con toda seguridad.

Pero aún tenemos que afrontar la entrada al corredor final, y en esa entrada nos enfrentamos a un par de resaltes de hielo de 2 metros y unos 60º que nos hacen apurar nuestra fuerza y técnica. Des ahí en adelante el corredor se tiende y no pasa de 45º, convirtiendo el último tramo en un final muy entretenido. El “canuto” sale casi directamente a la cima de la Alcazaba (3.371m) y no se ve su salida hasta que no estás casi en ello, lo que lo hace divertido hasta el final. La rocosa cima de la Alcazaba es hollada hacia las 10 de la mañana, después de 2h30 de ascensión. La alegría es tremenda, nos saludamos, no congratulamos de haber ascendido por una vía desconocida para nosotros y que nos ha satisfecho plenamente. Una vía que a lo mejor es clásica, pero de la que no teníamos referencia alguna. A partir de hoy, al menos para nosotros, la “Vía de los Navarros a la Cara Norte de la Alcazaba (AD, 55º, 750m)”.

Después de estar unos momentos en las inmediaciones de la cima de esta ciudadela de piedra, emprendemos la bajada hacia el S, hacia el collado que hay entre el Puntal de la Cornisa y el Peñón del Globo, que forman una formidable barrera rocosa entre la Loma de la Alcazaba y la Cañada de Siete Lagunas. En el mencionado collado dejamos las pesadas mochilas, esperando subir rápidamente a la cima del Mulhacén (3.479m), ya descargados del inmenso lastre. Solo llevamos los bastones, algo de agua y las cámaras de fotos.

El día estaba siendo magnífico, tanto en lo meteorológico como en lo deportivo, estábamos con el ánimo muy arriba y con muchas ganas de pasear por las alturas de Sierra Nevada. Nunca imaginé que un cambio de planes tan súbito por causa del mal tiempo, dejando para otra ocasión nuestra ascensión al Mont Blanc, podría convertirse en una experiencia tan enriquecedora y disfrutada. Y es que no solo hemos descubierto grandes montañas, ascendiendo en nuestro nivel técnico, no solo hemos escalado en Los Vados, hemos ido a la playa en Motril, sino que también nos hemos dado cuenta de que somos muy buenos amigos que compartimos una misma pasión y que sabemos trabajar en equipo, y disfrutar también de lo que no es montaña. Ese ha sido el mayor éxito de esta expedición al antiguo reino nazarí, el humano.

Volvamos al Mulhacén. Un coloso que recibe el nombre del penúltimo rey nazarí de Granada, Mulay Hasan, cuyo cuerpo, dice la leyenda, fue enterrado en la montaña. El punto más alto de la Península Ibérica, una cima que no alcanza por muy poco los 3.500 metros de altitud y que siempre ha llamado la atención, por estar en una cordillera de menor entidad que los Pirineos. Así pasa también con el Teide, el techo de España. La montaña es así de caprichosa, o es que quizá no entiende de cifras, no quiere verse sometida al corsé de la lógica. En nuestro afán de subir hacia la cima, descendemos hacia el S en dirección a la Cañada de Siete Lagunas, tratando de evitar los lugares más cóncavos, pues allí se encuentran las dichas lagunas, ahora tapadas excepto las dos más meridionales. El sol está alto y la nieve se derrite con celeridad en esta caldera de hielo, pronto se hace muy dificultoso avanzar y hemos de darnos relevos para mantener un buen ritmo. Nos hundimos, en zonas, hasta 40 centímetros y la distancia es mayor de la que habíamos previsto, con lo que el esfuerzo psicológico agrava nuestra incipiente debilidad. Como siempre unos van mejor que otros, pero somos una cordada y como tal subimos.

Vamos ganando altura progresivamente por la ladera occidental del Mulhacén conscientes de que la ladera se va a hacer larga, pues hemos de salvar unos 500 metros de desnivel desde las lagunas. Pero enseguida nuestro pesado ritmo se ve interrumpido por un corte horizontal en la nieve, apenas perceptible desde pocos metros, por su estrechez, un metro y medio. Sin darnos cuenta, hemos estado avanzando hacia una enorme rimaya de unos 5 metros de profundidad y que se extiende 200 metros en el plano de la montaña. Insalvable, ni siquiera llevamos las cuerdas. Así que descendiendo a media ladera, la rodeamos, dando aviso poco después, a unos esquiadores de montaña, para que la eviten por el S. Después de luchar con la pesada nieve, por fin alcanzamos la cima de la montaña. Por unos minutos estamos más arriba que nadie en nuestra península. Nos saludamos satisfechos, porque también hemos tenido que sudar esta cima, y mucho.

En las inmediaciones de la cima está un chico andaluz que ha ascendido la Cara Norte del Mulhacén, está abrigado con una chaqueta de plumas (de las gordas) y se queja de frío mientras espera a sus compañeros de cordada, que han preferido montar una reunión para afrontar el último tramo mixto de la escalada. Enseguida nos ponemos a inmortalizar el momento, el paisaje, la cima. Vienen a mi cabeza muchas cosas, muchas personas. Mi novia Kattis, que siempre me acompaña en la montaña, aunque esté a miles de kilómetros, y me hace mantener la cabeza fría. Mi hermano Eloy, que es el mejor compañero de aventuras y cuya ausencia en este viaje me apenó bastante. Y mis padres, que aceptan y respetan mi pasión por la montaña aunque sea una fuente de preocupación para ellos. De todos me acuerdo cuando estoy allí arriba, y ellos me ayudan a bajar con serenidad y sin cometer errores.

Saludando a otras cordadas que alcanzan la zona somital, dejamos atrás la cima para emprender el regreso al collado donde hemos dejado las mochilas. La nieve está muy blanda, así que empleando un estilo conocido por todos los montañeros, practicado por Aitor y yo mismo en el descenso del Bisaurín, unas semanas antes, y cuyo máximo exponente se encuentra en el descenso de los suizos Erhard Loretan y Jean Troillet del Corredor Hornbein, en la Cara Norte del Everest, en 1986. Lo han adivinado, ¿verdad? Sí, es el “culo-esquí”. De este modo, aprovechando las inclinadas pendientes por las que habíamos ascendido y nuestros pantalones de gore-tex, nos tiramos rumbo a la Cañada de Siete Lagunas... evitando la rimaya por el O. Un experiencia magnífica, 500 metros en apenas 4 minutos, no sé cómo no nos empezaron a pitar los oídos.

De regreso a la base de la cañada, caminamos hacia la pared rocosa que conduce al collado, y ahí empezamos a dar muestras de cansancio a partes desiguales, el grupo se estira y cada uno va a su ritmo. Alguno va muy bien, otro le sigue con dificultad, el que suscribe se ve afectado por una pájara momentánea y el último avanza a trompicones doblando incluso uno de sus bastones. La llegada al collado, a nuestras provisiones se revela fundamental para recuperarnos del esfuerzo. Quizá sin valorarlo demasiado en el momento, no hemos metido en 2 horas 700 metros de desnivel positivo por encima de 3000 metros, por nieve blanda y habiendo acometido una ascensión técnica y larga con anterioridad. En algún momento teníamos que bajar el ritmo, porque el cuerpo necesita adaptación, a través del esfuerzo y del descanso, y también requiere alimento e hidratación.

Tras reponer fuerzas, nos disponemos a alcanzar la cima de nuestro tercer tresmil, el Puntal de la Cornisa (3.313m). Es una cima rocosa que domina las vistas hacia las caras norte de la Alcazaba y el Mulhacén, y que se sitúa entre ambas montañas. Ahí Gorka repite su costumbre de dejar una canica en una cima hollada, cosa que había hecho antes en la Alcazaba, pero no en el Mulhacén, que ya había ascendido con anterioridad con su padre por la vertiente S.

Enseguida volvemos sobre nuestros pasos para recuperar nuestras pesadas cargas y emprender el camino hacia el N, buscando la parte septentrional del macizo y sus cimas más destacadas. Pero empieza a hacerse patente que estamos muy cansados y que tendremos que reducir el gasto de energía, máxime cuando descubrimos que tenemos que descender la Loma de la Alcazaba para retomar la cresta que recorre los tresmiles más septentrionales. En este punto, frenados por los Tajos del Goterón, nos paramos a debatir acerca de la mejor opción para continuar con nuestra aventura. Los más cansados preferimos vivaquear en la vertiente S para acometer las ascensiones del día siguiente habiendo descansado más. Los menos, prefieren volver a la vertiente N, para que el camino de regreso al día siguiente sea rápido. Se impone la lógica de que ni Pablo ni yo mismo estamos en condiciones de hacer el enorme esfuerzo que requiere este último plan, así que descendemos el valle para volver a ganar altura y vivaquear en unas lajas de pizarra de grandes dimensiones.

Ahora vamos a tener tiempo de aprovechar las pocas horas de sol que quedan y secar nuestra ropa, cambiarnos y empezar a construir nuestro refugio. Aprovechamos para buscar agua de deshielo de un torrente cercano y para empezar a hacer la cena, raquítica, como el día anterior. Nuestro alimento consiste en sopas deshidratadas, jamón (a razón de dos lonchas y media para cada uno), leche condensada, galletas, barritas energéticas y agua, a veces con isostar. El agua que tomábamos, a pesar de provenir de fuentes “puras”, era siempre potabilizada con la ayuda de pastillas que llevábamos a tal efecto. Básicamente cloro, con lo que el agua sabía a agua de piscina, eso sí, muy limpia.

Conforme fue cerrándose el cielo con nubes más amenazantes que la noche anterior, el viento empezó a levantarse y la sensación térmica bajó drásticamente. Fue difícil cocinar y estar a gusto al mismo tiempo y para cuando nos metimos en los sacos de dormir, el siseo del viento era incesante, colándose entre las piedras que habíamos puesto por muralla. La noche fue más fría que la anterior, signo de que la meteorología estaba cambiando, pero así y todo, el día siguiente fue magnífico, despejado pero fresco.


Amanecimos a las 6 de la mañana y poco a poco nos pusimos a funcionar en aquella fría mañana, el termómetro marcaba -3ºC, de mayo. El cielo se había despejado y ya se adivinaba claro desde el alba, a pesar de algunas nubes que asomaban por el E de la cúpula celeste. En pocos minutos, nuestro vivac se transformó en una calle del centro de Tokio, todo aparentemente revuelto pero, imperceptiblemente, en un perfecto orden. Cada uno con sus quehaceres, que pronto son los comunes: buscar agua y preparar el desayuno. Enseguida nos reunimos en torno a los hornillos, esperando nuestro turno para la taza de cola-cao y las galletas, que delicia en nuestro tercer día en la montaña. Las pequeñas cosas se aprecian el doble allí arriba y una taza de cola-cao o una sardina en aceite se pueden convertir en un manjar. Es una increíble sensación que no está de más experimentar de vez en cuando para no perder el sentido de la realidad, de lo fácil que vivimos en la ciudad.

Tenemos una gran sensación de frío, porque el viento que se declaró la tarde anterior sigue presente y el cielo está veteado de nubes blancas y grisáceas. No pinta todo lo bien que la víspera, debemos darnos prisa. Y así es como nos ponemos en marcha, sin exprimirnos demasiado, hacia el Puntal de Vacares (3.143m), que alcanzamos en una media hora larga. Se trata de una bella cima de carácter rocoso, que se alza prominente sobre su vertiente NO-N-NE, pero que ofrece una ascensión sencilla desde las demás. En este punto, nuestra cuarta cima de más de 3.000 metros, dejamos las mochilas como hicimos en el día anterior, para descender y acercarnos al Puntal de las Calderetas (3.047m), cima que hollamos salvando unos pequeños pasos de I+ en su roquedo somital. Quinta cima, misma ilusión.

Volvemos sobre nuestra huella, que nos devuelve a las mochilas. Hoy sabemos que vamos a volver al coche y que nos espera una suculenta cena en algún camping de la playa, recién duchados y con nuestra espalda liberada de la enorme mochila que nos lastra día tras día. Pero también queremos acabar nuestro paseo por las alturas con una sexta cima. Para ello descendemos hasta la cota 2900, debajo del Collado de Vacares, donde dejamos las mochilas, previendo recuperarlas en el camino de vuelta a la Vereda de la Estrella. De este modo subimos ligeros, entre la niebla que ya cubre las cumbres de más de tres mil metros, hacia la cima del Pico del Cuervo (3.147m), tras cuyo enorme hito cimero nos refugiamos del incesante castigo de Eolo. Aquí emprendemos el descenso definitivo, después de hacer un gran esfuerzo, el camino se suaviza y ya no volveremos a salvar desnivel positivo salvo raras excepciones. Recuperamos los macutos y empezamos a caminar a media ladera, perdiendo poca altura, en dirección al N, buscando el vivac de la Cucaracha y después el refugio forestal del mismo nombre. La bajada es tortuosa, especialmente la zona de matorral, entre el vivac y el refugio, donde la inestabilidad del terreno, unido a nuestro cansancio y carga, nos hacen extremar las precauciones.

Una vez llegados al refugio descansamos, sabiendo que ya estamos en la Vereda de la Estrella, ahora el camino será ancho y bueno hasta el coche. La meteorología mejora, estando el cielo despejado de nubes y el mercurio más animado que en alta cota. Esto nos anima y, unido al mayor aporte de oxígeno, nos recupera en cierto modo. De esta manera, descendemos rápidamente el zigzagueante camino que lleva al Barranco de San Juan y que enfila, por el valle del río Genil, hacia el lugar donde había empezado nuestra aventura unos días atrás. Unos días para recordar con una sonrisa en los labios y calor en el corazón, una magnífica actividad en un entorno incomparable. Granada, escalada, cultura, montaña, mar. El universo nazarí cuyo sueño vivimos por una semana. Salam Malecum.

Salud y Montaña


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