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domingo, 18 de diciembre de 2011

Tres días en Chamonix: Massif des Aiguilles Rouges

Massif des Aiguilles Rouges, Chamonix, Haute-Savoie, France


Érase una vez el verano de 2011. Un estío que ahora parece lejano, ahora que nos vemos envueltos en panoramas grisáceos día sí y día también, en estos días de transición sin la blanca serenidad de la nieve, sin el abrazo cálido del sol. Y a pesar de la inactividad de este blog, un servidor ha podido realizar bellas actividades este verano. Las próximas entradas tratan sobre ellas.

La primera aventura del verano fue dedicada a satisfacer una vieja idea: pasar unos días en Chamonix con mi pareja. Y como no podía ser de otra forma, escogimos un recorrido privilegiando la accesibilidad técnica, la belleza paisajística y el esfuerzo asequible. Así, decidimos trazar un recorrido de dos días por el Massif des Aiguilles Rouges, el macizo que cierra el valle de Chamonix por el noroeste, y que se sitúa justo en frente del Massif du Mont-Blanc.

Nuestra elección es, pues, sencilla, un macizo que no sobrepasa los 3.000 metros de altura en ningún momento, donde los senderos balizados abundan y la nieve es prácticamente inexistente en condiciones estivales. Una buena forma de empezar el verano y una buena introducción a la montaña para Katarina.


ASCENSIÓN

Llegamos a Chamonix en tren, cruzamos el pueblos hacia el O y tomamos una pista que sale del lado derecho del teleférico de Planpraz. Ascendemos por camino balizado los poco menos de 1.000 metros de desnivel que nos separan de la estación de Planpraz (2.000 m), el sendero es evidente, bien balizado con señalización vertical. Una vez en la estación, nos dirigimos al NNE por una amplia pista que desciende primero y asciende después hacia La Flégère. Plantamos la tienda de camino. Por la mañana continuamos hacia el refugio de La Flégère y después tomamos la senda del Lac Blanc. Desde este punto es todo bajar, siguiendo en dirección NNE hacia el Col des Montets, donde termina nuestro itinerario.


DESNIVEL POSITIVO

1.350 metros


TIEMPO

Excelente. Soleado y templado. Temperatura entre 25°C y 15°C bajando a 8 °C a 2.000 metros por la noche. Viento flojo variable.


CROQUIS:



DURACIÓN

Chamonix - Planpraz (3h) - Vivac (45min) - La Flégère (2h) - Lac Blanc (2h) - Col des Montets (2h30).


DIFICULTAD

Ninguna dificultad técnica. Hay un par de pasos equipados con escaleras, poco expuestos y fáciles. Caminos balizados, amplios, sin pérdida. Se nota que están muy transitados. El primer día se salva casi todo el desnivel, unos mil metros: a tener en cuenta.


DESCRIPCIÓN

Acabé los exámenes el 9 de junio, y la olla a presión que era mi cabeza tenía necesariamente que soltar de golpe una buena nube de vapor, una tensión que debía disiparse en el mejor entorno posible, la montaña. No pude satisfacer directamente mi necesidad de acercarme a Chamonix para explorar los macizos que rodean a esta capital mundial del alpinismo, y es así como, en un ejercicio de incontinencia digamos que sana, me escapé un buen día a las montañas del Jura que rodean la ciudad de Calvino.

Lo necesitaba de verdad, para volver a una montaña que abandono con demasiada frecuencia últimamente y que visito con una intermitencia que a veces me olvido de lo que es sentir el aire fino, observar un grupo de sarrios o escuchar el crujido de los glaciares en su perpetuo devenir. Se desdibujan esas experiencias que tanto me hacen sentir, y quizá por eso las experiencias son más intensas cuando vuelvo a la actividad. Quizá sea mejor así, no lo sé.

La cuestión es que esta vez quería compartir esos sentimientos con quien es mi media naranja. Hace tiempo que quería llevarla a la montaña y así hacerle vivir, en cierto modo, mi pasión. Por mucho que relate mis experiencias, mis aventuras y desventuras, mis penas y glorias, y aunque ella se adentre en este mundo de mi mano, nunca vivirá la montaña como yo la puedo vivir. Simplemente porque somos personas distintas, de culturas distintas, de entornos distintos. Pero no me preocupa: me importa que viva la montaña a su manera, que cree su propia intelección, que sienta sus propias sensaciones. En definitiva, que tenga una experiencia íntima de la montaña y, de paso, de quien comparte su vida. Éste es el fin. Por ello, esperé hasta el día 19 de junio, un domingo, para lanzarme a la aventura con Katarina. La previsión meteorológica era buena, cielos azules y temperaturas fresquitas. Perfecto para una primera vez.

Nos levantamos muy temprano ese domingo, y con nuestros grandes macutos a cuestas nos dirigimos a la parada de autobús. La estampa era particular, el periplo matutino por Ginebra en mallas de forro polar, botas de alta montaña y bastones de travesía en la mano era, cuando menos, inusual. Así pasamos del bus al tranvía y, después de una pequeña caminata tonificante hasta la estación de Annemasse, a un tren regional que nos llevaría hasta Saint-Gervais. Aquí tomamos el tren rojo de cremallera del valle de Chamonix, que hace el trayecto entre Saint-Gervais y Vallorcine, un transporte moderno, cómodo y perfectamente adaptado para llevar bicicletas de montaña, esquíes y todo tipo de material voluminoso. Los parajes por los que pasa son asimismo impresionantes, como lo es la visión grandiosa del Glacier des Bossons, cuya lengua terminal desciende al valle hasta el punto de poder tocarla con nuestra mirada. Katarina, que estudia Geografía en la Universidad de Estocolmo, disfrutaba con la magnífica entrada al valle de Chamonix, y no es para menos. La primera vez que llegué a este lugar también tuve la impresión de que todo estaba sobredimensionado respecto a ese mundo que era lo que había visto anteriormente, mi querido Pirineo.

Nos bajamos del convoy colorado en la estación central de Chamonix con la mente puesta en almorzar, ya eran más de las 13 y nuestras bocas se aguaban con solo pensar en una rebanada de pan. Dicho y hecho, necesitábamos algo rápido e hipercalórico, y lo encontramos: McDonald’s. El restaurante, por llamarlo de una manera generosa, está situado en las proximidades de la estación de tren. La decoración interior, con cuadros de gran formato de los mitos de roca del lugar, evoca la condición de Meca del alpinismo de Chamonix. La terraza exterior ofrece, con toda la intención, una vista directa al Mont-Blanc.

Con un propósito igualmente determinado había pensado en ingerir las máximas calorías posibles. Es mejor prevenir que lamentar, y quizá las fuerzas podían fallar allí arriba, especialmente las de quien afronta una actividad exigente como es el senderismo de alta montaña por vez primera. Así que llenamos el buche a discreción, y sin más demora nos dirigimos hacia la parte alta del pueblo, donde tomaríamos el camino que lleva a Planpraz.

En efecto, siendo ésta una excursión iniciática, busqué un recorrido asequible físicamente y bien balizado, que además estuviera libre de nieve y no tuviese ninguna dificultad técnica. Una breve incursión en el macizo de las agujas rojas (Aiguilles Rouges) cumpliría esos requisitos y nos ofrecería unas vistas excepcionales del macizo del Mont-Blanc, situado justo en frente. El plan se dividió inicialmente en tres días de travesía, el primero subiendo hasta las inmediaciones de Planpraz, el segundo recorriendo la ladera de nuestro macizo de SO a NE, siguiendo longitudinalmente el valle, y el tercero descendiendo al valle por el Col des Montets. Finalmente pudimos hacer el recorrido en dos días, porque pudimos, pero sobretodo porque tuvimos que hacerlo por alguna que otra razón de peso. En fin, me sirvió para confirmar que era posible, pues ya lo había contemplado cuando hice el plan original.


Empezamos a subir por un camino amplio y balizado que sale a la izquierda (S) del teleférico de Planpraz-Brévent. Ya desde los primeros metros Katarina me toma el pelo preguntándome por qué ella no puede ser una de las personas que sube en teleférico y confesando que le gustaría ser una jubilada japonesa. El buen humor, siempre presente, preside, ahora que aún estamos frescos, nuestros primeros pasos por el camino que debía llevarnos, mil metros después, a nuestro punto de destino de esta primera jornada. En realidad, salvo un primer momento en el que cuesta entrar en calor, el ritmo fue lento pero muy sostenido durante todo el trayecto. Con la tranquilidad de los largos días de junio, las buenas condiciones meteorológicas, la serenidad del paisaje y la perfectamente balizada vía, nos dimos el placer de caminar, charlar, reposar, sacar fotos, bromear, beber y cuantas cosas se pueden hacer para disfrutar al ciento por ciento del inicio de nuestras vacaciones en tan magnífico paraje.

No obstante, poco a poco el esfuerzo va haciendo mella, sobre todo en mi compañera, que no acostumbra a caminar en altitud, ni a salvar desnivel alguno, y menos aún con siete u ocho kilogramos sobre los hombros. Por mi parte todo bien, aunque ya deseando preparar la comida y plantar la tienda para poder darle a mi chica un descanso que su rostro empezaba a pedir en silencio. Hacia las cinco y media de la tarde llegamos a la estación del teleférico de Planpraz, a 2.000 metros. Poco antes nos habíamos cruzado con dos simpáticos franceses y con unos rebecos de lo más pacíficos, aunque no dejasen de impresionarnos con sus poderosas cornamentas. Como decía, nos instalamos finalmente en las mesas exteriores del restaurante de la estación. No hay ni un alma, nadie. Así que, haciendo caso omiso a un cartel que prohibía el picnic, saco hornillo, carga de gas, agua, cuchara y sobres de comida liofilizada, y en cinco minutos empezamos a comer con avidez. Katarina tiene sed, pero también come bastante, ha hecho un gran esfuerzo y quedan, en teoría, dos días de travesía. El cómo asimile el primer día, que es el más duro físicamente, es fundamental para el desarrollo de la travesía, así que pienso en todo aquello que pueda hacerle la vida más fácil en la montaña. Enseguida busco un lugar para colocar la tienda de campaña, pero como es un espacio protegido y debemos instalarnos al anochecer, convenzo a mi compañera para caminar, ahora en llano, durante una hora más. Es así como encontramos un emplazamiento decente, ya en el camino que tomaremos al día siguiente.

Hacia las nueve y media, una vez instalado y preparado todo lo que debía hacerse, nos metemos en los sacos esperando descansar lo mejor posible. Amanecemos hacia las 7. Estamos descansados, con alguna agujeta de pretemporada, pero muy bien en general. Así que preparo un pequeño tentempié para Katarina, dándole prácticamente todo lo que nos quedaba de barritas y bebida. Sé que hay un refugio a una hora y media de camino y allí podemos desayunar como es debido, así que nos apañamos con lo que hay y esperamos hasta llegar a La Flégère.

El camino es más largo de lo que cabía pensar puesto que a vista de pájaro había calculado una hora y cuarto, pero no había reparado en las hendiduras, en las canales, que debemos atravesar para llegar a nuestro siguiente destino. Así, salvando zig-zags, por unos caminos muy bellos, y sacando fotos del amanecer y los glaciares que tenemos a Levante, hacemos hambre. En este tramo que va de Planpraz a La Flégère se pasa por senderos estrechos, expuestos pero fáciles, por conos de derrubios no siempre muy agradables de recorrer, y por alguna pequeña escalera sacada de otro tiempo. Muy entretenido.

No obstante, lo mejor de la mañana (que no de la jornada) estaba por llegar: Un excelente desayuno en el Refugio de La Flégère, eso sí, a las 9h30. Casi no nos dan de comer, pero finalmente les quedaban tostadas y demás, y nos prepararon el desayuno en un momento. Aquí repusimos fuerzas y descansamos un poquito, nos había costado una hora y media aproximadamente el llegar de nuestro lugar de pernocta hasta el refugio. En este punto, situado a 1.877 metros, hay también una conexión por teleférico con Chamonix, así como remontes hasta la cota 2.300. De ahí que volviésemos a ver una enorme cantidad de turistas y excursionistas de nuevo, ascendiendo gracias a medios mecánicos, en nuestro camino a nuestro siguiente objetivo: el Lac Blanc (2.352 metros). Ese sería, precisamente, el punto culminante de nuestra excursión "chamoniarde".

Con las pilas cargadas nos encaminamos pues, por una pista que se convierte en senda pasados unos cientos de metros, hacia el lago blanco. La caravana de excursionistas es impresionante, y Katarina, tras una pequeña vacilación inicial, emprende la marcha con ánimo. Tuve que ayudarla un poco cargando su mochila hasta el destino, pero eso la animó, y a mí me venía bien exigirme un poco más. Vamos, negocio redondo. Poco a poco íbamos ganando altura, pero la progresión era más bien en distancia.

Pronto llegamos al Refugio del Lac Blanc, en cuya terraza tomamos asiento y pedimos el almuerzo: Una “Assiette savoyarde” para Kattis y para mí una “Omelette aux lardons”, con un zumo de manzana y una cerveza, perfecto (y merecido). Las vistas son espectaculares hacia la Mer de Glace que se encuentra justo enfrente, y hacia todo el Macizo del Mont-Blanc en general. Vale la pena acercarse aquí, pero no solo por esto sino también por el magnífico lago blanco y el entorno, enclavado entre picos de casi 3.000 metros, en que se encuentra. Magnífico.

Después de haber repuesto fuerzas a base de bien, nos encaminamos hacia el Col des Montets, donde acabaría nuestra excursión de dos días por las montañas. Lo decidimos sobre la marcha, y habida cuenta de nuestra relativa falta de víveres, así que intentaríamos llegar al camping de Argentière al atardecer. El trayecto se hace ameno, mi chica está animada, restablecida, caminamos en llano y suave bajada, pero también bajamos una pequeña ferrata de clavos y escaleras para alcanzar el Lac des Chéserys. Todo marcha sobre ruedas hasta la bajada final al Col des Montets.

Poco tiempo después de haber visto, por enésima vez, a unos bellos rebecos, los pies de Katarina empiezan a dolerle, con lo que vislumbro que la bajada va a ser un calvario. Poco a poco descendemos, con paradas intermitentes pero necesarias. No hay prisa. Es a mitad de bajada cuando una pareja francesa de montañeros nos pregunta si todo va bien, y nosotros les contamos lo que hay. Nos proponen esperarnos abajo, pues han aparcado el coche allí, y llevarnos al camping de Argentière, donde ellos también van a pasar la noche. Eso anima a Kattis, y ya la bajada se hace más placentera.

Unos 10 minutos después de la llegada de nuestros nuevos amigos, nos encontramos en el Col des Montets, y unos minutos más tarde, en el camping, donde nos damos una merecida ducha y nos preparamos nuestros últimos sobres de comida liofilizada. El día siguiente lo dedicaríamos a hacer un poco de turismo por Chamonix: tiendas de montaña, de gastronomía, hacer fotos y escribir postales. Con un sol radiante luciendo en el cielo saboyano, nos despedimos de este bello paraje, después de haber pasado tres fantásticos días en el Valle de Chamonix.

Salud y Montaña


Las fotos de la excursión :-)

Estación de tren de Chamonix


Kattis y yo en Chamonix


Subiendo hacia Planpraz


Kattis se toma un descanso


Un árbol peleando por conseguir la vertical


Las vistas empiezan a ser impresionantes


Bosque


Contento de estar al fin en la montaña


Kattis posa con el Mont-Blanc


Vista desde Planpraz (2.000m)


Hora de cenar en Planpraz: Estofado de caza


El camino del día siguiente


Amanece en las Aiguilles Rouges


Sorteando pedreras


Refugio de la Flégère (1.877m)


Señalización vertical


Vistas hacia la Mer de Glace

Chamonix desde La Flégère


Glacier des Bossons y Chamonix


Mer de Glace


Detalle


Las agujas de Chamonix con el Mont-Blanc al fondo. En primer plano, el refugio de la Flégère.


Omnipresente Mont-Blanc


Detalle de la Mer de Glace y su morrena terminal


Bella estampa con las Grandes Jorasses al fondo a la izquierda


Glacier d'Argentière y Glacier du Tour


Casi tresmiles que dominan el Lac Blanc




Refuge du Lac Blanc (2.352m)


Lac Blanc


Glacier du Tour


Lac des Chéserys

Rebecos observando


Bifurcación


Glacier du Tour


Rebeco


Glacier d'Argentière


Más rebecos


Bajada al Col des Montets

PS: Los comentarios son fuente de motivación para la existencia de un blog. Si algo te gusta (o si no) coméntalo para que en el futuro siga habiendo nuevas entradas. Gracias.

lunes, 18 de octubre de 2010

Piméné (2.801m). El mirador por excelencia.

Parc National del Pyrénées, Francia, 5 y 6 de septiembre de 2010.

Recién descendidos de un rincón mágico del Pirineo, del Vignemale, nos dirigimos al pueblo de Gavarnie. Esta villa es el centro del pirineísmo francés, lugar de encuentro de practicantes del esquí, el alpinismo, el senderismo y la escalada. También de turistas que arriban para contemplar el magnífico espectáculo que ofrece el Circo de Gavarnie y su Gran Cascada, la más alta de Europa.

Gorka y yo venimos de dormir al raso delante de las grutas Bellevue, estamos motivados, frescos y aclimatados. Hemos comido bien desde que salimos de casa y no nos faltan fuerzas. Como aún tenemos dos días libres y parece que el buen tiempo se va a prolongar unas horas más, decidimos acometer la ascensión de un pico sin dificultades técnicas, pero que ofrece, por su inmejorable posición y relativamente elevada cota, unas espléndidas vistas del Circo de Gavarnie y de toda la parte norte de Ordesa.

Pero no solo eso, el Circo de Estaubé, el de Troumouse, el Midi de Bigorre o el mismo Vignemale pueden divisarse perfectamente desde la cumbre del Pimené. La primera ascensión documentada a este pico data del año 1877, realizada por Henri Reboul con ocasión de una misión geográfica, aunque en esa época también Pierre Schrader, eminente alpinista, geógrafo y cartógrafo, había alcanzado su cima para reproducir, a golpe de pincel, el espectáculo que veían sus ojos.

Es una ascensión asequible, con un buen sendero que nos conduce amablemente hasta la arista final, único tramo donde es necesario prestar un poco de atención. Nosotros tampoco estamos para más, pero queremos finalizar la temporada estival en un entorno privilegiado, en el corazón de nuestro Pirineo.


ASCENSIÓN

Llegamos a Gavarnie en coche y, puesto que el área urbana es de pago, aparcamos nuestro vehículo unos siete minutos carretera abajo, al lado de una casa. Alcanzamos el pueblo a pie remontando la carretera, lo cruzamos en dirección a la cascada y enseguida vemos un cartel amarillo en la esquina de una casa que indica el camino al Refugio de Espuguettes. Cruzamos el río por una pasarela y empezamos a tomar altura violentamente por un sendero invadido de vegetación, en unos buenos 25 minutos salimos del bosque y divisamos una caseta, torcemos al E por unas campas buscando el camino, que alcanzamos justo antes de entrar en un pequeño bosque. Una vez fuera de él, seguimos hacia el S las trazas de senda que nos conducen al refugio (2.027m). Seguimos una senda amplia que se bifurca a media ladera, tomamos el camino de la izquierda y proseguimos por la ladera del Petit Piméné hasta su cima. Una vez allí se ve la cresta del Piméné, no hay más que seguirla por camino fácil. Los últimos cien metros de arista son un poco más aéreos, pero fáciles. Cima. Mismo itinerario para descender a Espuguettes, y después bajada por el camino normal que desemboca en las proximidades del camping de Gavarnie.

DESNIVEL POSITIVO

1.450m


TIEMPO

Magnífico y caluroso, nubes y claros a última hora de la tarde, fresco por la noche y lluvioso a la mañana siguiente. Viento débil.


CROQUIS



DURACIÓN

Gavarnie - Refugio de Espuguttes (2h) - Petit Piméné (3h30) - Piméné (4h15) - Reugio de Espuguettes (6h) - Gavarnie (7h15, al día siguiente).


DIFICULTAD

Ninguna dificultad técnica, simplemente recordar que es una cima de casi 3.000 metros y que el desnivel positivo es importante para afrontarlo en una jornada.


DESCRIPCIÓN

12 de la mañana, Gavarnie. Acabamos de descender del macizo del Vignemale, que por fin nos había dado una oportunidad para disfrutar de sus cimas, y estamos llenos de energía para embarcarnos en una nueva ascensión tomando como punto de partida esta bella villa pirenaica. Nuestro objetivo es el Piméné, considerado uno de los más bellos miradores del Pirineo. Gorka está muy motivado y yo también, nos cambiamos de ropa en el coche y empezamos a caminar. Hacemos un pequeño alto en el pueblo, donde aprovechamos para hacer unas llamadas y beber algo, además de comprarme un bocadillo que interrumpa mi dieta de comida deshidratada. Gorka inmortalizaría el momento para recordarme, algún día, que cedí a la tentación y, en consecuencia, que no soy un tipo duro. La verdad es que el bocata merecía la pena.

Como las mochilas están más ligeras y estamos aclimatados empezamos a andar inhumanamente, tomando un camino que sale del centro del pueblo hacia Espuguettes y que asciende abruptamente por un itinerario cubierto de maleza. Como llevo mi bocadillo en la mano, a riesgo de atragantarme, le pido a mi compañero un descanso. Echamos un trago de agua y seguimos en nuestro caminar frenético rumbo al refugio.

Muchas veces he pensado porqué derrochamos energía de manera inconsciente. Podría decir que es la aclimatación de nuestros 3 días en altura en el Vignemale. O quizá, que son las ganas de descubrir nuevos paisajes y de llegar a la cima. No estaría equivocado si dijera que es la suma de ambas, pero hay que añadir un componente físico esencial que conozco desde mis tiempos de atleta: el ejercicio intenso produce endorfinas, opiáceos naturales que segrega nuestro cerebro. El cuerpo, inconscientemente, busca el placer a través del ejercicio y nosotros le dejamos hacer.

En ese estado de excitación salimos del bosque, desde donde observamos una caseta. No parece una granja, no parece un refugio. La verdad es que nunca averiguamos lo que era, aunque puede que fuese un taller de artesanía, sí, en plena montaña. Lo cierto es que allí se encontraba un señor que nos indicó amablemente el camino a seguir para encontrar el refugio, seguimos campo a través unos metros y alcanzamos un sendero guadianesco , pero que finalmente nos conduce a nuestro destino. Llegamos al Refugio de Espuguettes sin habernos cruzado a nadie por el camino, lo que, teniendo en cuenta la cantidad de gente que había allí congregada, confirmó lo que llevábamos sospechando un buen rato: Nuestra ruta no es la habitual ni la más fácil. Pero era la nuestra. En el refugio llenamos nuestros bidones de agua, y pido un par de coca-colas, que van a doparme con azúcar y cafeína para acometer la subida al Piméné con la mente clara. Constato que el efecto que tuvieron en mí fue considerable porque el pobre Gorka, que hasta entonces caminada a mi ritmo, si no más rápido, se vio desbordado por el nuevo ritmo que impuse durante toda la subida.

El camino hacia la cima es fácil y bello, se hace corto y ameno. El primer pico que alcanzamos es el Petit Piméné (2.667m), aquí espero a mi compañero para hacer la subida al Piméné juntos. En primer lugar tenemos que descender hasta un collado, unos 50 metros, y después continuar la cresta por trazas de senda. El tramo final es de arista, y estoy especialmente sensible a las alturas hoy, así que Gorka va delante. La arista es fácil, un poco aérea, y nos lleva directamente a la cima. La cima del Piméné (2.801m) es, como es sabido, un mirador excepcional del Pirineo central, puesto que la vista en 360 grados es única. Tenemos primeros planos del Circo de Gavarnie, de los Astazous, del Taillon, de la Brecha de Roldán, del Circo de Estaubé. Bonitas vistas del Monte Perdido, del Vignemale, del Midi de Bigorre, de La Munia. Vale la pena el esfuerzo de subir, en un día claro, para contemplar este maravilloso cuadro de mitos de roca y hielo.

Gorka y yo estamos extasiados por tanta belleza y por tantas sensaciones. Quién sabe cuántas cimas hemos hollado ya y, sin embargo, tenemos la misma ilusión que la primera vez que fuimos al monte. Nos ponemos en marcha poco a poco, charlamos animadamente mientras el sol va desapareciendo por el horizonte y algunas nubes empiezan a dejarse ver del otro lado de la invisible frontera. En unos minutos de marcha alcanzamos las praderas, pobladas de vacas y caballos, adyacentes al refugio, donde instalaremos nuestra tienda de campaña para pasar la noche. Va a ser nuestra tercera noche en la montaña, y nuestra tercera forma distinta de dormir. O de no dormir.

Efectivamente, el hecho de estar rodeados de rebaños de animales grandes, como vacas y caballos, no nos tranquilizaba demasiado, y pasamos una noche un poco en duermevela. Antes de meternos en el saco, preparamos un delicioso sobre de puré de patatas con carne, por enésima vez. Bebimos nuestro isostar, agua y hasta una cerveza con limón de lata, comprada en el refugio. Fue un atardecer bonito, con el sol dejándose caer detrás del puerto de Bujaruelo. Un sol que ya no volvimos a ver.
En efecto, si bello fue el atardecer, gris se levantó el día siguiente. Nubes amenazantes se dejaban ver en todas direcciones desde la entrada de la tienda, y una premisa se asentaba en nuestras cabezas: tenemos que salir de aquí cuanto antes. Gorka prepara el desayuno mientras que organizo nuestras pertenencias, una lluvia fina empieza a despertarnos, anticipando algo más gordo.

Pasamos por delante del refugio a toda mecha cuando, de repente, oímos un estruendo que viene del puerto de Bujaruelo, tormenta. Y viene hacia nosotros. Empezamos a correr campas abajo, aprovechando que la hierba está seca y aún podemos ir rápido. Pronto alcanzamos el sendero, donde nuestros bastones y nuestra destreza nos ayudarán a descender a gran velocidad. Empieza a llover con fuerza y aceleramos el paso, en nuestro camino se cruzan tres grupos de montañeros empapados a los que indicamos la distancia al refugio sin pararnos. En pocos minutos alcanzamos la carretera y, desprovistos de vegetación, quedamos a merced de la lluvia. Por suerte en unos pocos minutos más llegamos al coche, donde nos secamos, cambiamos y termina nuestra aventura francesa de 4 días.

Un tiempo que nos ha servido para disfrutar de unos días espléndidos en el Pirineo, para descubrir nuevas cumbres y nuevos senderos, para conocer Gavarnie, pero sobre todo para estar en contacto con la realidad.

Salud y Montaña




Centro de Gavarnie


Camino de subida


Vista atrás hacia el Macizo del Vignemale


Primera vista del Piméné
Bello Circo de Gavarnie



Rebaños de equinos y bóvidos


Astazous, con el Corredor Swan


Rebaño descansando


Cresta del Piméné


En la cima del Petit Piméné (2.667m). El camino que queda para el Piméné (2.801m)


Cima del Piméné (2.801m)



Gorka desciende


Refugio de Espuguettes


Gorka y yo


Aquí estoy con el Vignemale al fondo


Cenando antes de instalar el vivac


Atardece


Vuelta a casa

Fotos: Javier Rodríguez / Gorka Sanz

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